¿Quién desea la justicia? En Puebla, en las dos últimas semanas de escándalos y amenazas abiertas o embozadas, hemos podido presenciar un conflicto de poderes: el poder de los medios contra el poder del estado. Cada uno de estos exige lealtad incondicional. Sin embargo, en lo que se lee en los diarios, se escucha en la radio y se ve en la televisión siempre falta algo: el respeto a la realidad. Es una falta de respeto a la realidad: mentir para mantenerse en el poder, proteger a posibles delincuentes por ser económicamente poderosos, la falta de escrúpulo en el empleo de la información, así como coaccionar -aunque sea de manera sutil- a las personas a participar en marchas de apoyo a cambio de favores o bajo amenazas de perder su empleo. Casi todos sabemos lo que pasa, a través de los amigos que trabajan en gobierno, o en las escuelas públicas, incluida la universidad. Más de uno ha perdido su empleo o ha resultado afectado por no plegarse a las directivas que le son impuestas. ¿Es justo que tengamos que vivir así: esclavos del poder porque no podemos pararnos y decir “esto es injusto”? Pero, ¿a quién le importa la injusticia? ¿A Marcos, a los idealistas, a los políticos, a los reaccionarios, a los periodistas? En realidad, la justicia sólo interesa a los hombres verdaderos, a los que se atreven a decir “yo” en primera persona. El hombre es un deseo de justicia; por eso lo peor de lo que vivimos hoy, en Puebla, además de la violencia hacia una periodista, es la violencia generalizada a todo aquel que quiere decir “yo”, que quiere decir “esto no es justo”. Sólo los que están amparados por el poder se sentirán seguros, mientras no llegue otro con más poder, a disputarles sus privilegios. Pero el hombre común, el que no tiene ni influencias, ni lo cobija ningún poder económico, político o mediático, vive en el temor, porque el poder es tan vil que no le importa quitarle lo único que tiene para subsistir: su trabajo. Estaríamos engañados si creemos que votar es el remedio a este tipo de mal o si votamos sin mirar adecuadamente la realidad. Y la realidad es que este tipo de cosas nos urgen como sujetos concretos a desear ardientemente la verdad y la justicia. Sin esto seguiremos siendo instrumentalizados por el poder. La verdad y la justicia no son quimeras, ni se pueden escamotear en las argucias de los poderosos. La verdad y la justicia tienen un rostro: Jesucristo. El encuentro con Cristo nos empuja a desear sin descanso el respeto a la realidad y a la dignidad de todo hombre y mujer que, en los afanes de cada día, aspira a encontrar los signos de un destino bueno y justo. La Aventura Humana. Centro Cultural. |