¿Quién se atreve a decir que no están vivos?

El 20 de noviembre de 2005 en las pantallas gigantes del Estadio Jalisco, el Papa Benedicto XVI envió un saludo a la Iglesia y al pueblo de México al que felicitó por los nuevos beatos y los presentó como «un ejemplo permanente, un estímulo para defender la fe y tener fe en la sociedad actual.

La multitud recibió, con lágrimas, la beatificación de Anacleto González Flores, de José Sánchez del Río, Luis Padilla Gómez, Jorge y Ramón Vargas, Ezequiel y Salvador Huerta, Luis Magaña Servín, Miguel Gómez, Trinidad Rangel, Andrés Solá, Leonardo Pérez y Ángel Acosta Zurita. (Diez laicos y tres sacerdotes) que prefirieron la muerte antes que renegar de su fe. Aunque para la mayoría de los mexicanos solo son un hecho anecdótico del pasado o simples desconocidos.

La historia de la persecución en México, como ha señalado el Cardenal de Guadalajara Juan Sandoval Iñiguez, “es una evidencia de que aquello que permite a cualquier hombre vivir la libertad, es la conciencia de su relación directa con el Misterio, con Dios; es la pertenencia a un pueblo, el ser miembro vivo de la Iglesia. Nosotros también pertenecemos a este Pueblo, por lo que la memoria de su historia es condición indispensable para vivir bien el presente y construir el futuro”.

Hace pocas semanas el Papa Benedicto XVI recordaba a los Obispos mexicanos y con ellos a todos los católicos de nuestro país que una fe madura abarca toda la vida y que por ello hay que luchar en contra del dualismo que hace que muchos católicos vivan la fe en lo privado y se olviden de ella en lo público.

La vida y las palabras de uno de ellos, el abogado Anacleto González Flores, que fue torturado y ejecutado en el Cuartel Colorado sin ninguna formalidad el 1 de abril de 1927, indican que tenia muy claro que la fe no puede estar cerrada en las sacristías y reducida a simple culto . Y así lo expresaba en una carta: “Porque Cristo no necesita de nosotros para fundar su reino...sin embargo, ha querido establecer su reinado por medio de nosotros, de nuestros esfuerzos, de nuestras luchas, de nuestras batallas... Debemos, pues, tener entendido que Dios, que Cristo pide, exige, quiere que cada uno de nosotros en la medida de sus fuerzas, trabaje vehementemente por establecer el reinado de Cristo en la vida pública. Y esto no se conseguirá con seguir encasillados dentro de nuestros templos y dentro de nuestros hogares. El reinado público de Cristo exige que los católicos hagamos sentir la acción de nuestro pensamiento, de nuestra palabra, de nuestra pluma, de nuestros trabajos de organización y propaganda. Y todo esto debe hacerse en la vida pública, en pleno sol, en plena vía pública, hacia los cuatro vientos y debe hacerse por todos... Hoy lo proclamamos Rey, lo reconocemos como Rey; pero necesitamos jurarle que dejaremos nuestra vieja actitud de momias de sacristía y de enterrados vivos en nuestros hogares...”

Cleto, nombre con el que le conocían sus amigos, escribió en su libro “La cuestión religiosa en Jalisco”. El juicio que expresa en esta obra sobre el problema educativo y sobre el intento del Estado para impedir la educación de los hijos por parte de los padres es muy claro. Los protagonistas de la Constitución mexicana de aquel entonces tenían claro que “es más trascendental prohibirle al clero la enseñanza que prohibirle la Religión; que sigan rezando, que sigan predicando; pero que no enseñen mentiras”... Más adelante Anacleto comenta: “El laicismo, es decir la neutralidad religiosa en la enseñanza, aparte de ser un absurdo implica una contradicción manifiesta y una injusticia incalificable: es un absurdo, porque con el pretexto de respetar todas las creencias y de eludir su defensa o ataque se hiere el sentimiento religioso con la supresión, en los programas de instrucción, de lo que en concepto de los creyentes es lo más santo y tiene que ocupar el lugar de honor en la formación de la niñez y de la juventud; es una injusticia, porque las contribuciones que pesan sobre el pueblo se destinan a combatir sus convicciones religiosas y a precipitarlo en el abismo de la indiferencia primero y en el caos de la impiedad después.”

Los nuevos beatos son una gracia no sólo para toda la Iglesia, sino para todo nuestro pueblo y para toda la Iglesia, tenemos en ellos a unos nuevos intercesores. Estos hombres son en verdad padres de la patria, pues dieron su vida para que la novedad que nos ha traído Cristo no desapareciera del suelo de México.

Nuestros mártires, contra lo que pregonan algunos, no son una apología de la violencia, antes bien purifican nuestra memoria con el pasado. Nos purifican la memoria para una reconciliación con el pasado y nos muestran con su humanidad plenamente cumplida, que quien entrega la vida a Cristo, se transforma inmediatamente en luz y compañero para todos sus hermanos los hombres.

Dice San Efrén el sirio en siglo IV: “He aquí la vida en los huesos de los mártires: ¿quién se atreve a decir que no están vivos? He aquí los monumentos vivos, y ¿quién puede dudarlo? Tales monumentos vivos de la presencia de Jesucristo son estos mártires, y el pueblo cristiano los reconoció inmediatamente”.

COMUNIÓN Y LIBERACIÓN MÉXICO