Testimonio
de Fabrizio Rota
Ejercicios Jóvenes Trabajadores
07/junio/2008
Antes
de iniciar el testimonio sobre el trabajo, quiero ayudarles a comprender
qué es el trabajo para el cristiano.
I
La mentalidad dominante toma pretexto de lo que es el hombre para desarrollar
su programa eminentemente reductivo; de este modo quien detenta el poder
y no lo usa con la conciencia de un real servicio a los hombres en cuanto
que son criaturas de Dios puede realizar sus proyectos más fácilmente.
Esta reducción es evidente especialmente en el trabajo.
¿Qué novedad puede ocurrir en el trabajo de todos los días?
Muchas veces estamos tentados a reducir el influjo de nuestra fe sobre
la vida a una serie de directrices morales (mayor honestidad, competencia
y altruismo) que no logran incidir sobre la mentalidad y sobre la organización
social pre-determinadas por el poder. Es muy fácil, en efecto,
que se anide una división entre una fe, una adhesión espiritual
y una realidad profesional: en esta división lo que prevalecería
es la urgencia o la brutalidad o en cualquier caso la modalidad de la
actividad “profesión”.
Nuestra fisonomía no nos la daría el aspecto espiritual,
sino se agotaría en nuestra profesión, estaríamos
salpicados, como ensuciados, por nuestra profesión.
Se mira al trabajo como un modo de producción, una prestación
inevitable, un destino de esclavitud, o como un derecho (ciertamente justo)
que se vuelve pretensión, o al contrario como un deber moralista.
Sin embargo, esto no basta: el compromiso y el espíritu de servicio
son equívocos, si al centro de nuestras preocupaciones no está
la conciencia de una verdad y de una tarea irreductibles frente a cualquier
poder.
Es la fe lo que determina el trabajo, nuestra profesión.
La fe tiene que ver con el contenido de nuestra conciencia como responsabilidad
hacia nuestro destino; por esto nuestra profesión es la manera
con la que caminamos hacia nuestro destino. Si la fe determina nuestro
trabajo, la unidad de nuestra persona está salvaguardada
En efecto, el trabajo, es una necesidad del hombre; es necesario entender
porque todos aquellos acentos –un derecho, un deber, un modo de
producción, prestaciones inevitables para poder comer– son
parciales, mientras la palabra necesidad aborda el tema de una manera
correcta: indica aquel fenómeno constitutivo de la persona viva,
de una mentalidad viviente, que es dado por un empuje profundo que está
dentro de nosotros y que la Biblia llama corazón.
Sólo siguiendo este empuje profundo, la persona se realiza completamente.
Si uno no metiera el corazón en su trabajo se exasperaría:
uno pone el corazón para salvarse a sí mismo, para salvar
a su propia humanidad.
Giussani, en SPVA, define el trabajo como “ la expresión
del hombre en cuanto representa la relación activa que se establece
entre yo –que vivo, imagino, pienso, siento, y actúo según
lo que pienso y siento - y la realidad, por lo cual el hombre usa la realidad,
usa el tiempo y el espacio y crea su vida. Será juzgado por lo
que haya creado.” (p. 36).
Y la falta de trabajo como una injusticia profunda: “Uno de los
motivos por los que no debería haber desempleo es que el hombre
desempleado es un pobre desgraciado; no por el dinero, sino psicológicamente”
(p. 37); y más aún: “Un individuo sin trabajo se reduce
y miente a su misma vida” (p. 94) porque el estar sin trabajo va
en contra de la necesidad del hombre, en contra el deseo del corazón.
Los deseos que verdaderamente nacen del corazón, que son verdaderamente
constitutivos, son deseos sin límite, su horizonte que es como
un ángulo abierto al infinito, porque miran partiendo de cualquier
punto, miran a la realización de toda la persona entera.
Así es el trabajo; tanto es verdad que allá donde no se
trata la persona por lo que es, el trabajo empieza a volverse cien veces
más pesado, y a veces incluso insoportable.
Cualquier respuesta particular a una necesidad deja en el hombre un fondo
de insatisfacción si él no percibe una correspondencia con
la totalidad de su persona, si no advierte un progreso en el camino hacia
su destino.
Pero atención! Incluso esta búsqueda de una correspondencia
puede ser vivida con ambigüedad y don Giuss nos reclama como aplicar
correctamente el juicio de correspondencia en el vivir el trabajo: “La
aplicación del juicio de correspondencia, la aplicación
del recuerdo de Cristo nunca puede coincidir con la disminución
de tu deber. No debe coincidir, por ejemplo, con la reducción indebida,
desleal, no ordenada de tu trabajo: tu trabajo tienes que hacerlo todo.
Es algo que se insinúa en tu modo de trabajar, mientras trabajas;
con el paso del tiempo te resultará habitual” (SPVA p.58)
Los
análisis, los programas son concretamente importantes; pero lo
que más importa es aquello de lo que deben ser función:
el elemento importante no es la computadora o lo que estamos realizando
el elemento importante, sino las personas que lo utilizarán.
El factor principal y decisivo es el hombre. Pero no el hombre pensado
en un escritorio: el hombre que soy yo, y que eres tú.
Por ello, es un delito en contra del hombre gobernar a una convivencia
humana de manera puramente tecnocrática, porque el hombre no se
puede reducir a los factores de un análisis técnico o a
función de un fin productivo específico: todo esto está
también incluido, pero dentro de la consideración de la
persona entera.
Nuestro primer deber, entonces, es el de construir lugares, ámbitos
en que se cultive la imagen verdadera del hombre.
Este es el valor de nuestros grupos en cualquier lugar en que se encuentren:
construir ámbitos en que se trate al hombre por aquello que verdaderamente
es. Por ello, es necesario comprometerse con el otro y no según
una idea pre-concebida, sino por lo que el otro es por naturaleza.
Si por ejemplo en una oficina estuviera una persona que tuviese sentido
de responsabilidad y que por ello pusiera el corazón en lo que
hace y fuera atea y allí estuviera también uno de nosotros
conocido por su ser católico, que tiene esta misma pasión
y pone todo su corazón en lo que hace: sería imposible que
estos dos no se juntaran.
Juntos se es sostenido también en evitar los inconvenientes: porque
por las muchas necesidades uno nunca terminaría, entonces puede
exagerar hacia sí mismo y hacia los demás.
II
Cristo, en el Evangelio, da esta definición de Dios: Mi padre es
el eterno trabajador”. Con ello indica al trabajo como expresión
del ser.
El Misterio que hace todas las cosas, tiene una dinamismo expresiva que
se origina en la realidad trinitaria, pero se refleja fuera de sí,
en la actividad creadora.
A partir de esta creación, a la que pertenecemos, comprendemos
las palabras de Jesús: “Mi padre es el eterno trabajador”.
La palabra trabajo, atribuida al Misterio que hace todas las cosas, indica,
entonces, que el ser se expresa. De hecho todo, como una imitación
irresistible, se mueve.
En un encuentro con los novicios en 1998, Giussani dice qué es
el trabajo para un cristiano y como Cristo ha usado esta palabra. Si no
se usa esta palabra con Cristo, todo decae y se vuelve violencia: violencia
para el poder o violencia padecida sin rescate posible.
“El trabajo para un cristiano- dice- es como el aspecto más
concreto, más árido y concreto, más fatigoso y concreto,
de su amor a Cristo.”
Concreto significa el aspecto más existencial, más insertado
en las cosas que nos rodean, en las circunstancias.
Es extraño oír hablar del hecho que el trabajo sea el aspecto
más concreto, también árido, más árido
y fatigoso, del propio amor a Cristo!
Y continúa: el trabajo nos obliga a volvernos más cristianos,
a repensar en nuestro amor a Cristo, repensar como yo vivo, a la utilidad
con la que vivo y para la que todo ha sido dado. El trabajo es la forma
expresiva de la personalidad humana, de la relación que el hombre
tiene con Dios.
El nexo entre el trabajo y Cristo es un nexo objetivo, porque de Cristo
es todo lo que hay.
Siendo, entonces, el trabajo la expresión de la persona con las
cosas y la realidad presente, el amor a Cristo es lo que nos hace capaces
de trabajar. Es totalmente distinto cuando uno va a trabajar por amor
a Cristo, cuando trabaja en la memoria de Cristo: hay una atención
a la totalidad, una finura para alcanzar todos los capilares, una paciencia
en el ampliarse del tiempo, y por ello un respeto del tiempo que se necesita,
y luego una no murmuración, un no lamento por las circunstancias
que te vuelven desagradable el particular.
El trabajo, en toda su gama, es proporcional al amor a Cristo. Pero es
verdad también lo (contrario): que el amor a Cristo regenera todo
nuestro trabajar. El amor a Cristo, pues, no es verdadero si de algún
modo no interviene en la grande kermesse de nuestro trabajo. Sin embargo,
el trabajo se puede amar sólo si se ama a Cristo: de no ser así
se padece, se tolera o uno se adapta a ello.
III
Finalmente, en SPVA, don Giussani define en lo concreto, hasta los más
pequeños particulares, qué implica la imitación del
Padre, esta obediencia al Misterio.
“Ante todo, el trabajo es una expresión esencial de la vida
del hombre y es el modo esencial en que el hombre imita a Dios: Pater
meus usque modo operatur (mi Padre es el eterno trabajador)…sin
contar con el castigo del pecado original. Entonces, una persona, un hombre
estima más el trabajo cuanto más disponible está
a dar todas sus energías para lo que Dios le pide.
La regla fundamental no es que uno tenga que trabajar en esto o en aquello,
sino que obedezca a Dios. El gran trabajo de Cristo es la obediencia al
Padre.
Nosotros estamos llamados no a trabajar, sino a hacer la voluntad del
Padre. La voluntad del Padre incluye el trabajo como factor normal en
el desarrollo de la vida.
Segundo:… ¿Qué trabajo? El que el Padre les permita
encontrar… Por eso, el trabajo no es el valor de la vida, el valor
de la vida es la obediencia; en la obediencia va incluido también
el compromiso en el trabajo…
Mientras no se logre encontrar un trabajo que guste- que nos exprese mejor-
es amor y obediencia al Padre aceptar también un trabajo que nos
exprese y guste menos… Si una persona, por ejemplo, no encuentra
trabajo después de haberlo buscado durante meses, que acepte mientras
tanto lo primero que le caiga entre manos: en lugar de trabajar tres meses
seguidos podrá trabajar tres semanas seguidas, o una semana cada
tres meses…” (pp. 92, 93,94)
Para concluir:
“Necesidad de trabajar. En ningún caso necesidad prevaleciente
de hacer lo que a uno le apetece, si bien debe buscarse, ante todo, un
trabajo que guste. ¿Por qué se debe buscar en primer lugar
algo que guste? Porque si te gusta es – a priori- una invitación
más apremiante, más inmediata que Dios te da. Y si te gusta,
probablemente, rendirás más, aprovecharás más;
pero estas condiciones óptimas no son, en absoluto, necesarias.
…El trabajo es la aplicación de la conciencia, del afecto
y de la capacidad operativa del hombre que vive la fe, a la realidad;
de este modo el trabajo del hombre lleva la realidad hacia su destino.”
(pp.94, 95)
Una observación ligada al trabajo que estamos haciendo en este
período en la Escuela de Comunidad: en el ’85 el papa a Loreto
ha dicho: “uno no vive la fe si no desea que la fe cambie a la sociedad”.
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