Entre nubes pero con los pies en la montaña. El encuentro entre amigos, en un lugar bello, a 3,150 metros sobre el nivel del mar, con temperaturas muy bajas, rodeados de nubes y árboles que inspiran y recuerdan lugares épicos, no puede no hacernos remitirnos a quien hace posible todo esto. Incluso como un amigo muy querido me dijo: “si no fuera porque Dios hace posible nuestra amistad ya te hubiera dado una patada”.
Esta semana que estuvimos trabajando sobre «la comunión» en la escuela de comunidad, no hacía más que confirmarme que frente a personas que están viendo hacia el fondo de las cosas, incluso con mucho tiempo de no vernos, o no conocernos, o que me han acogido en su casa y no solamente aquí, sino en otros países, hay una sintonía comprobable y que nada puede negarlo, ni mi noche más oscura. Y como me lo ha recordado una gran amiga que la amistad debe ayudarnos a vivir remitiéndonos a Cristo, mostrándonos la belleza, indicando la obediencia a la puntualidad, a reconocer el valor del tiempo para no desperdiciarlo, siendo que no es nuestro, se nos es dado. La relación entre el orden y como Cristo nos ha hecho nacer en él y no nos ha generado en el caos, aunque uno a veces insiste en vivirlo o anteponer los particulares de carácter ante la verdad.
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