30Días, (1989)
n. 5, pp. 54–61
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Es
el nombre de una nueva asociación aprobada por la Santa Sede. Objetivo:
vivir la memoria de Cristo en el mundo del trabajo. Laico, observan la
pobreza, la castidad y la obediencia. Entrevista a su presidente, monseñor
Luigi Giussani.
Ponen en común los bienes, observan la castidad y viven la obediencia,
pero no visten hábitos religiosos ni formulan votos. Dedican al
menos un par de horas de su jornada a la oración y a la contemplación,
pero viven “una existencia inmersa por completo en el mundo”
y se ganan la vida con su trabajo. No ha sido fácil hallar una
colocación canónica en la Iglesia para estos monjes laicos
del 2000, que se hacen llamar Memores Domini, es decir, los que viven
la memoria del Señor. Nacen en 1964, pero sólo en 1981 son
reconocidos como “pía asociación laical” por
el obispo de Piacenza, Italia, monseñor Enrico Manfredini. Siete
años después, el 8 de diciembre de 1988, la Santa Sede los
aprueba y les otorga la personalidad jurídica como “Asociación
eclesial privada universal”. Mientras tanto, han crecido: centenares
de miembros, hombres y mujeres – éstas tienen un leve predominio
– , casas en Europa, África y América Latina. El presidente
de Memores Domini de por vida – vita natural durante, como reza
el estatuto de la Asociación – , es monseñor Luigi
Giussani. Por primera vez, en esta entrevista, acepta contar la historia
y el sentido de esta nueva experiencia de vida cristiana nacida en el
seno mismo de Comunión y Liberación.
¿Cómo y cuándo nació la idea de los
Memores Domini?
LUIGI GIUSSANI: Hace mucho tiempo,
a comienzos de los años sesenta, algunos chavales de Gioventú
Studentesca – sólo más tarde el movimiento se llamará
Comunión y Liberación – insistieron para ser acompañados
en una vida de entrega a Dios en el mundo. La propuesta me maravilló,
pero no me complajo inmediatamente. Tanto es así que al principio
participé con poco entusiasmo en los encuentros quincenales de
oración, y sólo después de un período de dos
o tres años me di cuenta de que la propuesta podía ser una
provocación para una realización particular, pero significativa,
de la experiencia cristiana que habíamos empezado años atrás.
Así pues, acogí la decisión de algunos jóvenes
de adaptar como su casa, como su centro logístico, una granja en
al extrema periferia de Milán, que a distancia de tantos años
hace las veces aún hoy de casa madre de los actuales Memores Domini.
Por aquel entonces mi incertidumbre se manifestaba incluso en la denominación
bastante genérica de Grupo adulto, que usamos hasta los años
ochenta para indicar los núcleos que lentamente se iban multiplicando.
¿Cuál era el motivo de esta incertidumbre?
GIUSSANI: La idea de esta
forma de entrega no nació de mí. He obedecido a determinadas
circunstancias que eran el vehículo de una propuesta que me habían
formulado los mismos chavales. Y además se tenía miedo a
una responsabilidad ulterior mucho más seria.
¿Qué significa para usted hay la aprobación
pontificia de esta asociación?
GIUSSANI: Es una seguridad
por la que estamos agradecidos al Sumo Pontífice, pues la aprobación
no sólo es un apoyo a nuestro propósito, sino que también
lleva más profundamente lo que nosotros somos y queremos ser hacia
la gran obediencia al misterio de la Iglesia.
¿Cuáles son las reglas fundamentales de vida a las
que un miembro de la asociación debe prestar obediencia?
GIUSSANI: Se pueden sintetizar
en las categorías en las que la Iglesia resume tradicionalmente
la imitación de Cristo. La obediencia, en el sentido de que el
esfuerzo espiritual y al vida ascética se ven facilitados y acreditados
por un seguimiento; la pobreza, como separación de una posesión
individual del dinero y de las cosas, y la virginidad, como renuncia a
la familia para una entrega incluso formalmente más total a Cristo.
En el estatuto se lee que a los miembros de la Memores Domini
se les pide que vivan en casas donde se ponga en práctica la comunión
de los bienes y se observen ritmos precisos de meditación y oración...
GIUSSANI: Sí, los
Memores Domini han de vivir juntos en “casas”, en una compañía
establecida de tres a doce personas. La compañía, a la que
el Señor llama dando la misma vocación, constituye como
un signo sacramental, en sentido evidentemente analógico, donde
la presencia de Cristo se realiza de modo tal que se la evoca cada día
y cada momento, como primer ámbito donde se aprende a vivir la
fe y a afrontar y plasmar, según el amor vivido por Cristo, la
realidad del mundo. Es, por tanto, el lugar originario del que el trabajo,
que define la vida entera del hombre, debe extraer su forma ejemplar.
Cuando los miembros de la Memores Domini entran en la casa son invitados
a tomar conciencia de por qué están entre sus paredes, de
la disposición de los muebles de la casa y de la modalidad del
tiempo pasado en la casa. Es impresionante la percepción de este
pequeño modelo del mundo como la gran habitación de la humanidad
de Cristo, la gran casa de la humanidad en Cristo. Se comprende entonces
por qué es muy importante en la vida de las casas de los Memores
Domini la insistencia en el silencio. En ellas existe la obligación
de guardar silencio total durante una hora al día, a fin de que
cada uno se ponga delante de Cristo, y este silencio profundo se exige
incluso después de las Completas. Es precisamente la conciencia
de la casa como comienzo de la modalidad con la que todos los hombres
vivirán el mundo en el momento de la manifestación de Cristo,
como el primer lugar de ofrecimiento de la propia existencia para anticipar
esto lo más posible, lo que exige una vigilancia que sólo
una tensión continua hacia el silencio puede favorecer. Este clima
de silencio físico que se busca durante todo el día y que
no evita obviamente la palabra necesaria, que debe ser dicha con conciencia
del ambiente en que uno se encuentra, con respeto, pues, por el recogimiento
de los otros, se suspende cuando uno se sienta en torno a la mesa para
comer. Los miembros de la Memores Domini aceptan poner en común
incluso los sueldos y los bienes de que disponen. Lo que sobra respecto
a las necesidades de cada una de las casas, se devuelve al fondo común
de los Memores para que sea utilizado en obras de caridad, en la misión
o para las necesidades generales.
¿Es verdad que está prohibido tener la televisión
en las casas de la asociación?
GIUSSANI: No es una prohibición.
Se trata de un consejo que cuando es desatendido sin necesidad alguna,
hay que reafirmar con cierta energía. También la televisión
es como la boca, la lengua: se puede gobernar, se puede usar con sensatez.
Pero, antes que nada, la televisión dificulta mucho, a causa de
sus contenidos diarios, la sensatez de verla, y en segundo lugar este
consejo es una ayuda para salvarnos de la vanidad de la curiosidad.
Por esta razón, más que la ausencia de la televisión,
que de por sí es ya una garantía, vale una llamada a la
sensatez del uso del tiempo.
¿Se admiten excepciones a la obligación de habitar
en una casa de los Memores Domini?
GIUSSANI: Sí, cuando
existen serios motivos familiares o personales. En este caso los miembros
de la asociación participan en algunos momentos importantes de
la vida de la casa, mientras que es obvio que económicamente siguen
siendo corresponsables de la vida de sus familiares.
Si se prescinde de las distintas competencias vaticanas, ¿qué
es lo que distingue la asociación Memores Domini de una congregación
religiosa o incluso de los institutos seglares?
GIUSSANI: La asociación
Memores Domini no comporta la explicitación, en los clásicos
“votos”, de la perspectiva de vida con la que uno se compromete.
Y esto no por una especie de reticencia, sino porque nos parece que el
bautismo y la confirmación pueden bastar para fundar una entrega
total a Cristo y a la Iglesia, sin que se tenga que recurrir a la característica
formal de la vida religiosa que se expresa justamente en los votos. Mi
imagen es la de un laico que vive en libertad una existencia inmersa por
completo en el mundo, con una cabal responsabilidad personal. Por ejemplo,
si es empresario, es totalmente dueño y corresponsable junto con
otros posibles socios de su empresa. No es la pretensión de una
mayor libertad, sino un testimonio de estima y confianza absoluta en la
responsabilidad personal del seglar cristiano. De todas maneras, hay un
momento en el camino de la Memores Domini en el que el compromiso vocacional
se asume en presencia de toda la comunidad como compromiso permanente.
Dicho momento ha sido comprendido siempre como una asunción de
responsabilidad frente a todo el misterio de la Iglesia.
Esta
determinación por salvaguardar el carácter seglar de su
obra, que imagina formas nuevas de vida monástica para los tiempos
nuevos, ¿quiere decir que usted considera acabada históricamente
la función de las formas tradicionales de vida religiosa?
GIUSSANI: Pienso que las
realidades asociativas determinadas completamente por la fe están
vivas en la medida en que responden a los “signos de los tiempos”,
como diría Juan XXIII. Ahora bien, es un signo de los tiempos que
hoy Dios y Cristo – y a modo de tendencia también la concepción
de la realidad de la Iglesia – no son negados sino, en el mejor
de los casos, dejados a un lado de la vida, fuera de la vida con su trama
de necesidades concretas. Por eso es imprescindible testimoniar a Cristo
dentro de la realidad del mundo, en su dinámica diaria, en el trabajo,
pues el trabajo es el fenómeno expresivo de la adhesión
a la vida por parte del hombre, la actividad que concretiza la imagen
de su realización. Es dentro de la condición del trabajo
concebido de este modo, con su significado totalizador, que se debe dar
testimonio de Cristo. Y es exactamente el objetivo de los Memores Domini:
los que viven la memoria del Señor en el trabajo. En el corazón
de un mundo en que la deificación del trabajo camina a la par de
la difusión de una religión hedonista, el testimonio de
un gusto más potente, de una alegría indestructible, de
un nuevo sentido de la belleza y de una verdadera intensidad afectiva
y amorosa llega a ser tanto más sorprendente cuanto más
encuentra la intolerante e inevitable planificación de los sentimientos
– incluso de los más comunes – por parte del Estado
inevitables pausas impuestas por el dolor, la desilusión y los
imprevistos silencios generados por el aburrimiento y por un vacío
“incomprensible”.
Las congregaciones y las órdenes religiosas, tal como algunos ejemplos
ya lo evidencian, han de plegarse a esta encarnación del testimonio
aun cuando el testimonio se diera delante de los ángeles de Dios:
en los silencios de una clausura o en el contexto de una regla conventual.
Pero se ha de llevar a cabo, en lo posible y en lo conforme a la regla
de cada una de las órdenes, un resurgimiento de sus orígenes
que eran y deben volver a ser inmanentes a la vida del pueblo.
A veces, precisamente en nombre de la inmanencia a la vida del
pueblo, algunas comunidades religiosas emprenden el camino del activismo
socio-político, convirtiéndose en la niña de los
ojos de los partidos y de las ideologías tradicionalmente hostiles
a la Iglesia...
GIUSSANI: Está claro
que la disolución del origen del que nacen las órdenes y
las congregaciones no corresponde a la exigencia de encarnación
a la que yo aludía. Más aún, si se entendiera la
inmanencia al mundo como una identificación con éste, y
se asumieran como criterio decisivo para la comprensión de la propia
vida religiosa los criterios y los módulos de la cultura mundana,
y por tanto concesiones y prácticas cuya forma y fuente no es Cristo
en la Iglesia, sería una mentira. En este caso la propia fe, en
lugar de juzgar al mundo, sería juzgada por el mundo. Y subrepticiamente,
pero no tanto, se produciría un distanciamiento de la propia vocación
religiosa y del dinamismo que ella entraña.
La asociación Memores Domini, según reza el artículo
1º del estatuto, es de carácter “privado” y no “público”.
No compromete, pues, en su actuación concreta, la responsabilidad
de la Iglesia en cuanto tal. ¿Hay un significado particular en
esta elección?
GIUSSANI: Esta experiencia,
como por otra parte la de Comunión y Liberación que la ha
generado, quiere ser totalmente inmanente a la vida ordinaria de la Iglesia.
Si tiene necesidad de una organización es sólo para salvar
una solidaridad en la difícil tarea del testimonio cristiano y
para alimentar continuamente el espíritu que origina este compromiso.
Así, es como si yo deseara que los miembros de los Memores Domini
ni siquiera fueran señalados como una “asociación”
en la Iglesia. Que las personas se hicieran notar no como miembros de
una nueva entidad en al Iglesia, sino por el ejemplo que ellas dan. En
este sentido he aceptado la fórmula de la privacidad.
Después del permisivisúmo profanador de los años
setenta, hoy – en la época del SIDA – incluso en el
campo laicista hay quien enumera “buenas razones” para vivir
castamente. También el mundo pagano ha conocido y practicado el
ideal de la virginidad, pienso en la “castidad de Estado”
de las vestales romanas o, en un ámbito religioso no cristiano,
la condena del matrimonio por parte de los gnósticos del siglo
II. ¿En qué se diferencia, según usted, la castidad
cristiana de todo esto? ¿Quizá en el hecho de que el consagrado
vive la misma renuncia con otra finalidad, es decir, el servicio a los
demás?
GIUSSANI: La diferencia
es la misma que existe entre el cristiano y el pagano: el amor a Cristo,
el reconocimiento de su presenúcia y el asombro agradeciúdo
por su permanencia en la historia. Una mayor disúposición
al servicio de los propios hermanos es, y deúbe ser, una consecuencia
normal para quien no está ,obligado a sacrificar sus energías
físicas y afectivas en formar una familia y educar a los hijos.
Pero ésúte no es de ningún modo el motivo de la virginidad
crisútiana. También un militanúte revolucionario
podría imponerse la renuncia a la familia para dedicarse toútalmente
a la propia causa política. El motivo es ante todo que Cristo llamó
a algunos de los suyos a esta forma de vida. Así se descubre que
si esta fue la forma de vida de Cristo, no podía comportar alguna
mutilación de lo humano o una realización disminuida del
valor afectivo. Curiosamente, por decirlo así, o atraíúdos
por esta consideración, nos preguntamos cuál era la fuerza
del amor con la que Cristo miraba a los homúbres y a las mujeres
que encontraba. Simón, Juan, Zaúqueo, Magdalena..., era
coúmo una relación que traspaúsaba todo y, abrazando
toda la humaniúdad de la persona, llegaba a la hondura del destiúno
por el que cada uno de ellos había sido creado. No hay un amor
más grande que este amor por el destiúno de la persona,
por el que se puede dar realmente la vida por el amigo, como diúce
Jesús. Desde este punto de vista también un padre y una
madre, si de alguna manera no viven la profunúdidad de esta mirada
hacia los hijos, es como si los amaran menos. Es la profundidad de esta
mirada la que entraña, paradójicaúmente, una separación.
Peúro existencialmente es esta separación la que hace posible
un abrazo humano todavía más profundo. Desde este punto
de vista, la virginidad es un ideal para toúdos, incluso para aquellos
que no la eligen como estado de vida. Quien la vive como un estado de
vida es como un índice apuntado, en la comunidad, para deúcir
a todos: recordemos quiénes somos. Por eso uno de los aspectos
del acontecimiento cristiano, sugestivo como pocos otros, es el de ensimismarse
en la relación de José y María. El afecto virginal
no elude, por otra parte, ninguna de las características del amor
humano. Reconoce las preúferencias y redime las antipatías.
Lo
que usted dice no coúrresponde a la idea común que se tiene
sobre la virgiúnidad cristiana, como si se tratara de una amputación
– heroica o paranoica, seúgún los puntos de vistaú
– del amor humano o de una separación mística de la
irredimible “carne”, como lo es para los monjes orienútales
...
GIUSSANI: He estado en Japón
y he dialogado largo y tendido con algunos monjes budistas. No soy un
experto en religiones asiátiúcas, pero mi impresión
es que en la mística oriental la virginidad es una sugerenúcia
que deriva del pesimisúmo sobre la materia, de la percepción
de la individuaúlidad como límite de la toútalidad
y por tanto como origen del mal. El bien es el todo, el mal es lo particuúlar.
La procreación, fin ineúludible de la relación matriúmonial,
es una continua geúneración de aquella peculiaúridad
humana en la que el mal se convierte en dolor. De todas formas, de este
asúpecto supremo de la verdad de la persona que el cristiaúnismo
ha generado y sacaúdo a la luz hay una huella en toda experiencia
humaúna. Huellas de nostalgia de una pureza última, inelimiúnable,
pero que históricaúmente, fuera del cristianisúmo,
suele expresarse meúdiante formas moralistas, pesimistas o violentas.
No
parece que en el moúvimiento Comunión y Libeúración
los jóvenes sean obújeto de insistentes llamaúmientos
a las normas de la ética sexual católica, o que se lancen
campañas espeúciales para promover las vocaciones. Y no
obstante, siguen floreciendo las vocaúciones al sacerdocio, a la
viúda religiosa y a la virginidad laical, incluso entre jóvenes
muy normales y poco proúpensos, como sus coetáúneos,
a realizar sacrificios inmotivados, tanto en este como en otros ámbitos
de la vida humana. ¿Cómo exúplica esta paradoja?
GIUSSANI: Es verdad, existe
esta paradoja aparenúte. Pero querría decir que el aspecto
subrayado en CL que más éxito obtiene y al que usted se
ha referido, es precisamente – para usar las palabras que nos ha
diúrigido Juan Pablo II – que nosotros creemos en Cristo
muerto y resucitado, “preúsente aquí y ahora”.
Una presencia actual, que se muestra y se revela incluso en el aspecto
contingente de la vida de la Iglesia. En esúte sentido es toda
la urgenúcia de una moralidad la que resurge, haciendo vibrar todas
las leyes fundamentales
del decálogo, de la naturaúleza humana, hasta llegar a aquella
gratuidad del amor a Cristo en el que se refleja la gratuidad absoluta
y toútal del amor del Padre haúcia el hombre. No cabe duúda
de que el joven, y también quien ya no es joven, tiene necesidad
de ser introúducido continuamente en la consecuencia moral, en
su modo de vivir concreto, de la luz grande y pacificadoúra de
la fe. Esta introducúción representa el conteniúdo
de una educación que es dada en una compañía. La
luz de la fe en Cristo vuelúve mucho más razonables las
motivaciones de cada una de las leyes en las que el ímpetu moral,
es decir el ímpetu hacia el destino, deúbe traducirse. Y
por eso en cierto sentido se abre a una facilidad que no evita cierútamente
el dolor y el sacriúficio, pero persuade a abrazarlos y a retomar
el camino de una manera más fácil, después de un
error cometido. El ideal, el ímpetu haúcia el destino que
define la moral, no puede evitar la experiencia del esfuerzo hasta el
sacrificio, hasta el sacrificio supremo. Pero cuanúdo este sacrificio
es vivido en la memoria de Cristo heúcha habitual, llega a ser
más razonable y lleva consigo incluso la alegría. Por esta
razón citamos siempre aquel pasaje de La anunciación a María
de Paul Claudel que dice: “La paz está hecha en partes iguales
de dolor y de gloria”. He aquí que, en la perspectiva a la
que hemos aludido, los sacrificios de la vida moral se cumplen más
fácilmente, en la paz.
La finalidad de la Memoúres Domini es vivir la meúmoria
cristiana en el munúdo del trabajo. Tradicionalúmente el
mundo católico cuando habla del testimoúnio cristiano en
los ambienútes de trabajo enfatiza los aspectos morales de éste:
la honestidad, la seriedad, la competencia profesional y el altruismo
de cada uno de los trabajadores cristianos. ¿Cuál es la
primera imagen de testimonio que le viene a la mente cuando piensa en
la presencia cristiana en el mundo del trabajo?
GIUSSANI: Comparto perfectamente
las preocuúpaciones a las que se refieúre en la pregunta,
pero nosotros estamos más preocuúpados por asegurar la disúposición
de la persona, que después permite traducirse en un testimonio
sin moraúlismos y con una humaniúdad coherente. Y el origen
de esto es la conciencia lo más actual posible, y por eso hecha
habitual, de la presencia de Cristo y de la destinación de todo
lo real a Su gloria. En particular, es necesario tener viva la conciencia
del contenido de la propia personalidad coúmo perteneciente a Cristo,
para que la propia personaúlidad deje una huella difeúrente
en las cosas y en el ambiente y así establezca con creatividad
una forma de relaciones con los otros compañeros de trabajo, ocupe
el tiempo con intensúidad plena y llene de bellezúa racional
la relación con las cosas en el espacio. De hecho, el signo más
revelaúdor de esta posición es una vibración de alegría,
que no nace de un sentido dismiúnuido de la responsabiliúdad,
sino que se origina precisamente en la concienúcia de la presencia
de Crisúto que resucitó de entre los muertos y subió
al cielo, y que por ello está en la raíz de toda la realidad,
incluso de la realidad que se tiene al alcance de la mano, y la redime
y la hace partícipe de la verdad eterna. Una veta de alegría
que, nacienúdo de esta conciencia, hace sentir más el dolor,
aunque sea provisorio, del peso de las cosas y sobre todo de la “extrañeidad”
del hombre con sus hermanos y con los objetos mismos de su trabaújo.
Es, sin embargo, una alegría sin irresponsabiliúdad, como
se lee en Miguel de Mañara, de Milosz: “No te maravilles
de mi alegría, no me olvido de ninguno de mis deberes”.
El
bloque de los “vaticaúnólogos” se halla dividido
entre quienes afirman que usted se inspiró en el penúsamiento
y la experiencia del fundador del Opus Dei para dar vida a la Memores
Domini, y quienes subraúyan, por el contrario, los elementos de
diversidad. ¿Quiénes están más cerca de la
verdad?
GIUSSANI: Cuando naúció
el grupo de los Memoúres Domini no sabía todaúvía
lo que era el Opus Dei, una asociación que me ediúfica mucho
por su afirmaúción clara de la verdad crisútiana
y por su esfuerzo constante de formación de las personas. Pero
de estas cosas no he hablado jamás con ellos, aunque pienso que
muchas de las consideúraciones realizadas hasta aquí pueden
ser reconociúdas tranquilamente por los miembros del Opus Dei.
Quizá algunas de nuestras afirúmaciones tienen necesidad
de esclarecerse, y estaría muy contento si me ayudaúran
a realizarlas, mientras que acerca de otras pueden existir puntos de vista
difeúrentes que caracterizan la diversidad de los carismas.
Dentro y fuera de CL, ¿se guarda secreto sobre los miembros
de la Memores Domini?
GIUSSANI: No hay seúcreto
alguno en cuanto a la pertenencia a la Memores Domini, como tampoco hay
ningún tipo de propaúganda. Un poco de reserva me parece
una exigencia del todo natural y comprensiúble. Espero que los
miemúbros de este grupo sean reúconocidos por las personas
que les están alrededor por el testimonio que dan y no por su afiliación.
¿Hay cilicios u otros insútrumentos de mortificación
corporal en las casas de los Memores Domini?
GIUSSANI: Uno podría
tenerlos incluso en su proúpia habitación, porque en la
medida de lo posible se inúsiste para que cada uno disúponga
de un cuarto propio, una “celda” propia, que no
debe ser violada a menos que exista un motivo grave para hacerlo. De ahí
que un miembro de los Memores Domini podría tener un ciúlicio
en su cuarto. Yo no lo tengo, pero rezo humildeúmente a Dios para
que esto no signifique una voluntad de mortificación menor.
¿Es verdad que prograúmáticamente los jefes
de las comunidades y de las obras más importantes de CL son elegidos
entre los miembros de esta asociación?
GIUSSANI: No, de ninúgún
modo. Von Balthasar me había sugerido en varias ocasiones que el
movimienúto de CL fuera dirigido por los Memores Domini, pero yo
he dicho siempre que no loúgraba entender la necesidad de ello.
Es obvio que porúque deben vivir la Iglesia seúgún
la historia vocacional que Dios les ha dado, viven también la experiencia
del movimiento. De esta maneúra siempre están llamados a
dar generosamente las proúpias energías por las formas institucionales
de la Iglesia así como por las varias forúmas de vida del
moviúmiento.
Lo
que ha dicho me haúce recordar una frase menúcionada en
una reciente asamblea de Comunión y Liberación en Roma:
“Quien tiene una particular propensión religiosa no por ello
encuentra más fácilúmente a Cristo”. Una frase
que podría parecer “herétiúca” para la
mentalidad de hoy día. ¿Qué piensa?
GIUSSANI: No veo naúda
de “herético” en esta afirmación, pues la inclinaúción
religiosa puede obrar también de tal modo que la persona sienta
apego por fórmulas que ella misma imagina o por modelos moúralistas,
a guisa de ejemplo. En tiempos de Jesús los faúriseos tenían
ciertamente una propensión religiosa notable, pero esto no favoúreció
en absoluto su aceptaúción del Mesías... En efecúto,
la aceptación de Cristo exige un olvido de sí mismo que
está contenido exclusiúvamente en el asombro de un reconocimiento.
En el instante en que uno reconoúce una presencia semejante, se
convierte como en un niúño que mira a su padre y a su madre.
El primer instanúte es, al extender los brazos, un olvido de sí
mismo en el que se realiza, sin embargo, el verdadero amor a sí
misúmo. Es preciso que esta puúreza originaria sea manteniúda,
y se contraste sin cesar la caída en el imperio de las propias
reacciones, en el imperio de lo aparentemenúte obvio.
Usted
ha rechazado siempre la definición de fundador. Una vez le he oído
confesar que su intenúción no era la de dar vida a un nuevo
movimiento caútólico. Un observador que no pertenece o no
conoce CL podría deducir de estas palabras suyas una especie de
arrepentimiento o de desilusión acerca de los resulútados
organizativos de la experiencia que usted ha empezado. ¿Cómo
están las cosas?
GIUSSANI: Uno no puede imaginar
una gracia y por eso pretenderla. En este sentido no me consideúro
un “fundador”. El moúvimiento es una gracia paúra
mí, y los Memores Domini representan el momenúto más
intenso de esta graúcia. El arrepentimiento es quizá la
conciencia contiúnuamente renovada de mi insuficiencia, incluso
en el dolor por la insuficiencia de los demás por aquello que nos
ha sido dado. No se traúta en absoluto de una desiúlusión,
sino que podría ser la tentación o al menos el deseo comprensible
de quiútarse de encima una grave responsabilidad frente a Dios.
Sea como sea, es coúmo un padre y una madre que han dado la vida
a un hijo: durante toda la vida serán padre y madre, y no hay ningún
divorcio posible de la carne del hijo. De ahí que resulte impresionante
desde el punto de vista anútropológico y moral que Cristo
haya dado la misma razón tanto para la indisoúlubilidad
del matrimonio como para la virginidad, es decir “por el Reino de
los Cielos”. Es impresionante el hecho de que el esfuerzo que comporta
la fecundiúdad de la virginidad tenga correspondencia con el esúfuerzo
de la indisolubiliúdad. En este sentido la priúmera es como
una compaúñía que anima a la segunda. Quien observa
el matrimoúnio cristiano no sólo no se maravilla de la virginidad
sino que además da gracias a Dios por haber concedido esta gracia
a la humanidad, pues es como un alivio y una confortación, profecía
y anticipación de la redenúción plenamente actuada
del esfuerzo del hoy.
En
los ambientes católiúcos, incluso en los que se autodefinen
cercanos a Coúmunión y Liberación, se oyen cada vez
con mayor frecuencia comentarios coúmo éste: “Qué
bueno sería este movimiento si su alma religiosa no estuviera conútaminada
por la acción de los miembros que se dediúcan a los negocios
o se trenúzan en batallas políticas y periodísticas
inevitablemenúte parciales y controvertiúdas”. ¿Es
sensible a este tiúpo de observaciones?
GIUSSANI: Soy hiperúsensible
a este tipo de obserúvaciones del mismo modo que soy hipersensíble
frenúte a cualquier tipo de absútracción. Pero el
desagrado es más grave si la abstracúción la hacen
los cristianos, porque precisamente el reúconocimiento de la presencia
de Cristo y el amor a Cristo – que sostienen al hombre en la esperanza,
spe erectus, dice san Pablo – obligan al cristiaúno a encontrar
y a responúder, sin evitar nada, sin desúdeñar nada,
a la multitud de condicionamientos a traúvés de los que
Cristo mismo le llama. Cristo llama al hombre mediante lo conúcreto
de la condición diaria, o mejor, de cada momento. De ahí
se desprende que los miembros de CL, incluidos los Memores Domini han
de afrontar las circunsútancias mediante las cuales el Padre los
llama, y responder a ellas a partir de la fe y del amor que continuamente
deúben renovar. El éxito de esto depende del misterio de
la libertad de la gracia y del misterio de la liúbertad de la respuesta
de las personas, y también del líúmite de los dones
humildeúmente utilizados. Es más, cada uno está llamado
a pedir a Dios para que la fe y el amor a Cristo vibren y determinen de
tal modo el obrar humano, que los deúmás, a causa de la
bondad de la obra, no dejen de preúguntarse: “pero ¿cómo
haúcen?, ¿cómo hacen para ser tan diversos y al tiempo
tan humanos?”. Como Cristo, que con sus milagros susciútaba
en la gente la pregunúta: “Pero ¿quién es éste?”.
Jean
Guitton ha escrito en Le Christ écartelé que esúte
escándalo frente a la “forma que se mezcla con la materia,
lo eterno con el tiempo y lo puro con lo imúpuro”, constituye
la perenúne tentación de la gnosis. ¿Está
usted de acuerdo?
GIUSSANI: Lo que esúcandaliza
es la relación enútre la consistencia última y única
de las cosas, es decir Cristo, y la forma continúgente de éstas.
En la raíz de la abstracción propia de esúte escándalo
hay una idea equivocada de lo trascenúdente, que hace que sea más
difícil admitir que todo consiste en Cristo y que el trabajo humano
debe tenúder a manifestar esta conúsistencia. En este sentido
la virginidad es el testimonio de que la historia es la prenúda,
el anticipo del manifesútarse de la recapitulación de todas
las cosas en Cristo. Sin esta visión de lo trascenúdente
tampoco para los cristianos habría una alterúnativa entre
la opción funúdamentalista – de las “verúdades
religiosas” que se imúponen a la razón desde fuera
– y la consideración de la cultura dominante coúmo
criterio último del obrar. En este sentido los Memores Domini contribuyen
a la solución de la lucha más dura que está en acto
en el mundo y en la Iglesia. La lucha que, opoúniendo el fundamentalismo
y la secularización, niega la posibilidad de una encarnaúción
y, sobre todo, la contiúnuidad en la historia de tal encarnación. |