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Maruja Torres
Lo mejor
El País, 22.11.2007

Durante un par de los pasados días, imponiéndose a las noticias deportivas y
a aquellas que contienen sexo, violencia o simple amarillismo adolescente,
una información muy distinta encabezó la lista de éxitos -lo más valorado,
no sólo lo más leído- de la versión digital de este diario. Nos hicimos,
entusiasmados, yo entre los demás, con el final razonablemente feliz de la
epopeya de Pedro y Violante, dos octogenarios de Murcia, que iban a ser
desalojados de la casa con huerta y animales en la que han vivido hasta
ahora para permitir la construcción de una gran avenida. El juez que impidió
que el matrimonio en cuestión fuera trasladado a un piso -habitáculo extraño
para quienes crecieron enraizados en la tierra-, y que detuvo temporalmente
el avance demoledor de las máquinas de una gran inmobiliaria, ese juez poco
podía imaginar que su dictamen -exigir para la pareja una vivienda similar a
la suya, para que acaben tranquilamente su tiempo- ganaría la atención de lo
que ya podemos llamar espectadores, más que lectores.

Espectadores, sin connotación peyorativa, sino definitoria. El mundo
transcurre en la pantalla del ordenador que ya no ordena nada, que acumula,
y uno, aunque puede intervenir opinando, sólo asiste -la reflexión vendrá
después, si llega- al espectáculo de las vidas cruzadas. Uno se acostumbra a
que chismes y sucesos ocupen el lugar que antaño pertenecía a crucigramas y
similares, y a ratonear en pos de una mamada de Paris Hilton, una rabieta de
Fernando Alonso o un ciclón con muchos muertos. Pero cuando brilla un
destello humano -la lucha de David contra Goliat, la reparación de una
injusticia- surge en la mayoría de nosotros algo que ha sobrevivido a la
banalidad, algo misterioso y real. El corazón, o lo que por ello entendemos.


(palabras en italiano)
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