Los tesoros de la educación
Manuel María Bru
Bolgs cope.es
21.9.2009
El eco que ha suscitado la propuesta de Esperanza Aguirre de que los maestros tengan el reconocimiento de ser autoridad pública demuestra que la sensibilidad social ante el grave problema del caos educativo en España está a flor de piel, y que más allá del acierto –desde luego para mí, indiscutible- de la propuesta misma, lo que expresa es un clamor unánime para que la educación escolar sea lo que tiene que ser, y que la educación en familia también sea lo que tenga que ser, porque a la postre las dos se necesitan mutuamente.
Decía ese gran educador que fue Don Guissani, que educar es “ayudar a que el espíritu del hombre pueda introducirse en la totalidad de la realidad, aceptando la función orientadora de una autoridad y experimentando la dimensión del riesgo y el ejercicio de la libertad”.
La crisis de la educación radica precisamente en que ni siquiera se plantea, en el encefalograma plano de la cultura dominante, que ha inundado el panorama educativo de tópicos ideológicos, ninguna de estas tres dimensiones: la apertura a la totalidad de la realidad, la función orientadora de una autoridad, y el aprendizaje del ejercicio arriesgado de la libertad. Y todo esto porque nadie se atreve a plantear, y a reconocer, que la educación no tiene como fin ni una instrucción teórica, ni una instrucción ética, sino una invitación a descubrir, maravillarse, y abrazar la realidad tal cual es, en su totalidad.
Si a los alumnos no se les ofrece una pasión por la vida y por su verdad, su embrutecimiento anquilosado les hará rechazar violentamente, o soportar indiferentemente, cualquier propuesta educativa.
Si al alumno, además, no se le hace descubrir, empezando por sus padres, el valor de la autoridad moral del maestro, como faro, como guía, como aquel con el que sin su ayuda no puedes crecer, entonces el principal tesoro de la educación, el principal libro abierto, que es el mismo maestro como persona, en quien creer, confiar y aprender, será rechazado por el alumno como un intruso que viene a perturbar el mensaje que en casa y en los medios de comunicación le están enseñando: que sólo él es el guía autosuficiente de su propio destino.
Y si al alumno nadie puede enseñarle la asignatura más importante de la vida, que es saber gobernarse a sí mismo en el asombro por el riesgo de su libertad, sino que lo único que se le propone es la cuasi instintiva esclavitud de la apetencia impensada, entonces, el gran tesoro de la verdadera educación jamás habrá entrado en su vida, y todo ese entorno educativo que le rodea, será un infierno insoportable. |