Manuel Bru
Programa de COPE “Es Domingo” (27 de septiembre de 2009)
Mujer, no llores
Ayer el Congreso de los Diputados aprobó una norma –me cuesta llamar ley a algo así- que lleva a la promoción del genocidio del aborto a un punto sin retorno de inhumanidad. La situación podría llevar a la sensación de fracaso y de desaliento. La reacción de muchos de nosotros, en cambio, será la de no dejar de clamar por la defensa de los más pobres e indefensos de este mundo, los no nacidos, como haremos el próximo 17 de octubre por las calles de Madrid. Sin embargo, falta algo por pensar, por reconocer, y a la postre también por hacer. El comunicado del movimiento Comunión y Liberación de esta semana sobre el aborto me ha recordado donde está el meollo de la cuestión. En él se hace una pregunta elemental: “¿Cómo es posible que una parte del pueblo acepte una ley del aborto tan contraria a la evidencia, la ciencia, la razón y la misma sensibilidad humana?”. No basta pues con repetir una y otra vez esta evidencia si existe un filtro en la mentalidad de esta sociedad que impide ser entendido, e incluso, sentido. En cambio, ante esta pregunta sin respuesta, dicho comunicado recuerda otras, las que muchas mujeres se plantean ante un embarazo no deseado, que si que todo el mundo entiende, y que a lo mejor es por donde hay que empezar si queremos abrir los ojos y los oídos de nuestros semejantes: “¿Podré ser feliz con un hijo inesperado? ¿Puedo rehacer mi vida con un hijo que no he deseado? ¿Seré capaz de afrontar el sacrificio y las dificultades que implica?”
Porque, como explica esa nota de Comunión y Liberación, “frente a las preguntas que nacen junto a la nueva vida, muchas veces la mujer está sola. Nuestro drama es la soledad, porque resulta difícil encontrar alguien dispuesto a darnos un minuto de verdadera compañía humana ante las circunstancias difíciles que tenemos que afrontar. Pero nuestra soledad es aún más profunda, pues nace de la ausencia de un significado. Dar a luz es introducir en la vida y para ello se necesita un porqué. Como dijo Teilhard de Chardin: El verdadero peligro de nuestra época es la pérdida del gusto de vivir. La pérdida del sentido de la vida es la raíz de la tragedia social del aborto en nuestras sociedades”. ¡Qué verdad y qué desafío más grande! Porque, aun siendo siempre insuficientes todas las estrategias políticas de defensa de la vida, todas las iniciativas pedagógicas para hacer ver la barbarie del aborto, y todas las movilizaciones posibles de la sociedad civil, faltaría siempre lo más importante: encontrar y mostrar “un amor incondicional, el amor de alguien que abrace nuestra vida con todas sus preguntas”, a través de personas que, como Jesús, “puedan acompañar la soledad de una joven madre y devolverle a su hijo con estas palabras: Mujer, no llores”.
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