|
¡Qué horror!
¡Qué vergüenza!
«Ni el sol ya te alegra,
ni te despierta el amor».
El Llanto antiguo de Carducci custodia el misterio de la muerte en el
corazón de nuestra historia. A causa de este misterio, Dante invoca
a la Virgen para que la riqueza de una humanidad nueva, a través
de su dolor de esposa y de madre, proclame la victoria del bien:
«En ti misericordia, en ti piedad,
en ti magnificencia, en ti se aúna
cuanto es bondad en la criatura».
Así, nos toca en lo más profundo del alma la conmoción
por el juicio que ha expresado delante de las cámaras la señora
Coletta, esposa del brigada recién fallecido en Nassiriya.
«En ti misericordia», porque el hombre cae sin saber dónde,
cómo y cuándo.
«En ti piedad», porque el hombre es débil, contradictorio
y mortalmente frágil.
«En ti magnificencia», porque se Te comunica una fuerza victoriosa
que arroja luz sobre el destino final.
«Bondad», pues el bien es lo que mueve y a lo que tiende la acción
del hombre.
Volvería a brotar el canto de nuestro pueblo si el horizonte de
la actividad de la ONU fuera la educación del corazón de
la gente, en lugar del enfrentamiento mortal –como favorecen los
que deberían aplacarlo– entre musulmanes y herederos de
los antiguos pueblos, ya sean hebreos o latinos. ¡Y esto constituiría
la verdadera riqueza de la vida de un pueblo!
Si se diera una educación del pueblo, todos vivirían mejor.
El miedo o el desprecio de la Cruz de Cristo jamás proporcionarán
la alegría de vivir que se expresa en una fiesta popular o en
una reunión familiar.
El testimonio de Dante Alighieri se ha renovado en el dolor de la señora
Coletta:
«En ti misericordia, en ti piedad
en ti magnificencia, en ti se aúna
cuanto es bondad en la criatura».
18 de noviembre de 2003
|