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La fe se nos da
para transmitirla
El texto de la intervención de Luigi Giussani en la XXI Asamblea
plenaria del Consejo Pontificio para los Laicos sobre: “ Descubrir
de nuevo el verdadero rostro de la parroquia”. Roma,
24-28 de noviembre de 2004
¿Puede el hombre salvarse por sí mismo? A esta pregunta
Cristo responde: no, no puede salvarse por sí mismo, sino por
la compañía de lo Divino, del Misterio que se ha puesto
al lado del hombre asumiendo su humanidad; Cristo responde de esta
manera a la exigencia suprema del hombre, que es la de su propia salvación.
Una respuesta inconcebible e imprevisible para la necesidad humana
de salvación. Por eso, cuanto más consciente es el hombre
de su propio límite (fragilidad, error, incapacidad) más
puede estar dispuesto a acoger esta respuesta. Me parece muy significativa
la frase de Reinhold Niebhur: «No hay nada más increíble
que la respuesta a un problema que no se plantea». El obstáculo
más grave para reconocer a Cristo es no reconocer la propia
necesidad humana, no atender a la pregunta que constituye nuestra humanidad.
¿Cómo se hace presente aquí y ahora lo que sucedió hace
dos mil años? Cada uno de nosotros lo sabe más o menos
bien; se hace presente a través de la Iglesia, cuerpo de Cristo,
como escribe san Pablo en la Carta a los Efesios: la Iglesia «plenitud
de Cristo» (Cf. Ef 1, 22-23).
Cristo está presente en la Iglesia. El Santo Padre lo recuerda
en un discurso memorable para mí: «El nacimiento del cuerpo
eclesial como institución, su fuerza persuasiva y su capacidad
de congregar tienen su raíz en el dinamismo de la gracia sacramental» (Juan
Pablo II a los sacerdotes que participaban en los Ejercicios espirituales
promovidos por Comunión y Liberación, Castel Gandolfo,12
de septiembre de 1985). Es decir, el nacimiento del cuerpo eclesial,
que es la forma con la que Cristo está presente aquí y
ahora, es obra del Espíritu, Dominum et vivificantem.
Pero, ¿cómo se relaciona la Iglesia conmigo, cómo
alcanza a cada persona? ¿Cómo se produce esta influencia,
este vínculo? El Papa contesta así: el nacimiento del
cuerpo eclesial como institución y fuerza persuasiva con capacidad
de congregar tiene su raíz en el dinamismo de la gracia sacramental,
a partir del Bautismo, «pero encuentra su forma expresiva, su
modalidad operativa, su incidencia histórica concreta en los
diferentes carismas que caracterizan un temperamento y una historia
personal» (ibidem).
El Papa llama carisma a la modalidad con la que la Iglesia asume una
forma expresiva en una circunstancia histórica concreta. La
forma expresiva implica una determinada circunstancia histórica
concreta; de lo contrario, permanecería abstracto. Su incidencia
histórica concreta se realiza mediante los diferentes carismas
que caracterizan un temperamento y una historia particular. Recordemos
que la palabra carisma tiene la misma raíz que la palabra gracia,
karis, y significa la energía con la que el Espíritu,
al intervenir, recrea al discípulo de Cristo. Si no fuese algo
concreto, adecuado a mi temperamento y a mi historia, la Iglesia sería
algo abstracto.
Continuaba el Papa en el citado discurso: «Los carismas del Espíritu
siempre crean afinidades destinadas a dar a cada persona apoyo para
realizar su tarea objetiva en la Iglesia» (ibidem). Mediante
estas afinidades se crea una comunión: «La creación
de esta comunión es una ley universal. Vivirla forma parte de
la obediencia al gran misterio del Espíritu» (ibidem).
¿
En qué consiste la obediencia al gran misterio del Espíritu?
En una sola cosa: «En creer en Jesucristo». Cristo se hace
presente aquí y ahora mediante un carisma que, al valorar un
temperamento, una personalidad y una sensibilidad, una historia personal,
crea una afinidad y establece una comunión; obedecer a esta
comunión es obedecer al gran misterio del Espíritu. ¡Es
ir hacia Cristo!
Imaginemos una parroquia de tres mil habitantes con un solo sacerdote.
Todos los domingos predica desde el púlpito y, sin embargo,
deja indiferentes a los fieles. En ese pueblo la fe languidece, siguen
yendo a la iglesia por ciertos recuerdos que perduran; los que tienen
una cierta vivacidad es simplemente por una costumbre piadosa; la personalidad
de ese sacerdote no es incidente. En un determinado momento le trasladan
a un destino con más prestigio. Llega otro sacerdote que han
enviado allí por tener problemas con la curia.
Habla el primer
domingo en la iglesia y enseguida cinco personas de las quinientas
que están presentes quedan impresionadas y empiezan de nuevo
a interesarse por la Iglesia y por la fe. Si esas cinco personas van
al párroco y le dicen de diferentes maneras: «Oiga, me
conmovió su predicación del domingo, comprendí que
la fe tiene que ver con mi vida y quiero que mi vida tenga que ver
con la fe»; entonces el párroco, como en ese pueblo no
hay nada, dice: «Vamos a reunirnos y formamos un pequeño
consejo pastoral». En el consejo pastoral recién creado
tratará sobre todo de cuidar a esos cinco y con ellos intentará afrontar
los problemas de la parroquia; como dos de ellos son marido y mujer
y están bien situados porque él es médico y ella
profesora, crean enseguida algo en el pueblo, tal vez un ambulatorio
gratuito para los pobres o un centro de refuerzo escolar para los niños.
Después se unen a ellos otras familias. Unos meses después
la parroquia es irreconocible: hay una intensa participación
en la vida de la Iglesia, una familiaridad entre los fieles y su pastor,
esa gente tiene una esperanza y un deseo de conocer la fe y la doctrina
que antes no tenía; porque el sacerdote que llegó tenía
una personalidad, una sensibilidad, un temperamento y una historia
personal que los ha movido, ha creado movimiento. Lo que ha nacido
se llama “movimiento”. Con el párroco anterior no
había sucedido, no por su culpa, sino porque los tiempos del
Espíritu son los tiempos del Espíritu. Por tanto, en
el caso del segundo párroco ha actuado un carisma y el carisma
se identifica precisamente por tener una incidencia histórica.
Sin el movimiento que he tratado de describir una parroquia es árida,
queda como una simple institución. He contado muchas veces a
mis amigos la historia de mi madre y del sacerdote de Desio, don Amedeo.
Desde el confesionario, más que desde el oratorio femenino [las
actividades de la parroquia; ndt.], este sacerdote creó una
realidad de un centenar de mujeres, todas de familias cristianas y
pertenecientes a la parroquia, todas hijas de María; respondían
a las necesidades de la parroquia, iban a misa a las cinco todas las
mañanas y acudían cuando había alguna necesidad.
Eran conocidas en el pueblo. Ese sacerdote desde el confesionario creó en
la parroquia y en el pueblo un movimiento. Si en vez de cien hubieran
sido cien mil ¡habrían hablado de ellas en el Corriere
della Sera! Hace sesenta años, don Amedeo, coadjutor de mi parroquia,
había guiado desde el confesionario a muchos jóvenes
hacia una madurez cristiana que permitió que después
formaran muchas familias muy cristianas y que estaban siempre disponibles
para ayudar al párroco en las diferentes necesidades de la parroquia.
Con esto he querido subrayar la naturaleza absolutamente personal de
la modalidad con la que Cristo, presente aquí y ahora en la
realidad de la Iglesia, se hace expresivo, persuasivo, pedagógicamente
eficaz y edificador, construye un pueblo.
Creo que el Papa ha introducido con el término “movimiento” una
categoría eclesial fundamental en la descripción del
dinamismo pastoral.
La palabra movimiento no describe un fenómeno especial que tiene
que ver conmigo porque nosotros constituimos un movimiento reconocido
por la Iglesia, sino que es algo que, ante todo, indica una modalidad
permanente en la historia de la Iglesia para que la fe sea persuasiva,
pedagógicamente eficaz y constructiva y cambie la vida. Esto
se ve muy claro al leer la alusión a Áquila y Priscila
en las cartas de san Pablo. El Espíritu descendió al
corazón de las personas que fueron a casa de unos o de otros
mediante un temperamento y una historia personal. Y si nosotros no
entendemos bien este origen de un movimiento, no podemos conocer la
modalidad con la que la institución que tenemos entre manos –parroquia,
asociación, grupo– puede cobrar vida y, por tanto, podemos
tener pretensiones y volvernos cínicos, perder la esperanza.
Por ejemplo, si como párroco veo llegar a personas que me dicen: «Queremos
colaborar» y me doy cuenta de que son entusiastas y de que están
vivas por algo que las ha movido (puede ser el encuentro con un movimiento),
lo primero que debo desear es que profundicen con fidelidad en lo que
las ha despertado, en la experiencia que les ha movido. Porque sólo
así pueden ser útiles para la comunidad parroquial.
La finalidad de todo lo que sucede en la Iglesia es la adhesión
a Cristo para hacer presente su victoria en el mundo y, por tanto,
para anticipar el final del mundo.
En la siguiente frase se subraya, desde el punto de vista existencial,
el contenido doctrinal, el objeto vivo de la fe, la adhesión
de la vida: «Ya comáis, ya bebáis; ya veléis,
ya durmáis, en la vida y en la muerte» (Cf. 1Ts 5,10),
es decir, en todo, para que el mundo esté cada vez más
impregnado del milagro de un testimonio, para que el mundo Le reconozca
cada vez más: esto es la misión. Cristo mismo definió la
finalidad por la que vino al mundo en el XVII capítulo de San
Juan: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo» (Cf. Jn 17,3-4).
La finalidad de la fe que hemos recibido es la misión: la misión
no para el más allá, sino en este mundo. Esta es la categoría
propia de nuestra relación con el mundo, cuyo primer aspecto
se da en nosotros mismos: la misión arranca del asombro por
vernos creados de nuevo y vivificados. La parroquia estará viva
en la medida en que tenga párrocos y fieles para los cuales
la sorpresa del acontecimiento de Cristo encontrado y reconocido sea
el horizonte totalizador de su pensamiento y de su acción, la
conciencia de sí mismos y el amor apasionado por el misterio
y el destino de los hombres hermanos.
Por tanto, la palabra “movimiento” describe la modalidad
existencial histórica con la que la Iglesia está viva.
Y, a mi entender, un sacerdote responsable de una parroquia o de la
comunidad de un movimiento, si no reza al Espíritu y no tiende
a suscitar una realidad “en movimiento” deja a la Iglesia
como una tumba, su parroquia como la gestión de unos locales
y su comunidad como un grupo con un mero valor psicológico o
sociológico.
Si una parroquia está viva, es movimiento –en el sentido
en el que lo afirmaba Juan Pablo II: «La Iglesia misma es “un
movimiento”» (A los participantes en el Congreso “Los
movimientos en la Iglesia”, Castel Gandolfo, 27 de septiembre
de 1981). Por eso el movimiento no es alternativo en ningún
sentido a la institución, sino que indica la modalidad con la
que la institución cobra vida, es misionera; porque la fe no
se nos ha dado para conservarla, sino para comunicarla; no se puede
conservar si no se tiene pasión por comunicarla. |
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