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La razón y la fe ante el misterio de Dios.
El teólogo Joseph Ratzinger


Alfa y Omega 24.04.2008


Cuando un profesor dicta una lección inaugural se presenta ante colegas y estu­diantes con toda seriedad académica. Ofrece lo mejor de su trabajo, con el mayor rigor posible. Pues bien, cuando Joseph Ratzinger pronunció su lección, al llegar a Bonn en 1959, eligió “entrar a fondo” en un tema “de alta importancia para la orientación de la teología católica y para el diálogo entre las confesiones”. El tema era Dios.
Al joven catedrático le parecía urgente repensar la relación entre creer y saber, entre reli­gión y filosofía, entre razón general y vivencia religiosa. El Dios vivo de la revelación y el Dios de la filosofía de­bían recuperar una relación de ayuda recíproca, que es típica­mente cató­lica y que había sido oscurecida o deformada por corrientes teo­lógicas a las que Ratzin­ger aludía en su lección.
Su manera de comprender el problema de Dios va pareja a su recorrido docente y eclesial. Quizá no llame la atención que un profesor de teología quisiera hablar de Dios en una situación cultural y teológica relativamente tranquila para la Iglesia, como era la del inmediato preconcilio. Ya no resulta tan obvio que aquellas claves de entonces le permitieran dirigirse no sólo a los estudiantes de teología sino a los de todas las Fa­cultades de la Universidad de Tubinga nada menos que en 1967. Recordemos que ese año era ocupada por la fuerza la Universidad Católica de Milán, y meses después llega­ría el mayo francés. En ese clima, Ratzinger se encon­traba con los universitarios para hablar de Dios. Sus razones no debían de parecer irrelevantes a los asistentes que acu­dían al Auditorium Maximum –el libro con aquellas lecciones alcanzó diez ediciones en el primer año—. Esa misma con­fianza en su propia experiencia y en las razones que de ella derivaban es la que luego le per­mitió hablar públicamente del Dios vivo y verda­dero en los años 70, en plena crisis pos­conci­liar de la teología, y más tarde en los 80 y 90 ante una Europa que acusaba el can­sancio de su secularización y endurecía su re­chazo del cristianismo. No es pues extraño que haya insistido en el diálogo público so­bre Dios y sobre la visión cristiana de la sociedad en estos últimos años, con “laicos” como Jürgen Habermas o Marcello Pera, así como con representanes de la ortodoxia o el protestantismo, y con figuras del islam o del judaísmo.
Nos limitamos aquí a trazar algunas líneas de la concepción de la razón ante el problema de Dios que aparece en su obra teológica antes de ser Pontífice, a modo de invitación a la lectura de sus textos. Quizá puedan ayudar también a acercarse a sus textos magisteriales.

Ampliar la razón
El teólogo Ratzinger considera imprescindible recuperar un uso de la razón que sea proporcionado a la verdadera condición del hombre, para ase­gurar la comprensión de la fe católica así como su transmi­sión a los hombres de hoy. Para que la predicación cristiana sobre Dios recupere su frescura hace falta luchar a favor de la razón según su original amplitud, hasta llegar al fundamento de todo.
El entonces profesor y hoy Papa solía repetir que, cuando el hombre conoce, no utiliza su ra­zón aisladamente sino arraigada en la unidad con­creta del hombre que busca comprender la realidad. Ningún conocimiento humano es puramente “objetivo” o neu­tro, separado del sujeto que conoce. Ratzinger se aleja de las filosofías que acentúan la división entre el sujeto y el objeto, porque no res­petan la verdadera naturaleza de la re­lación cognoscitiva y empobrecen tanto al hombre que conoce como a la realidad cono­cida. Por eso reivindica también el carácter amo­roso del conocimiento, la continuidad inseparable entre conocimiento y amor para poder afirmar una aprehensión completa de lo real.

Dios es real
Cuando afronta el problema de Dios se apoya en esta concepción amplia de la razón. Sólo así se puede mos­trar que Dios es real, más real que ninguna otra de las cosas que nos parecen rea­les, y que no es un problema puramente “teórico”. Advierte contra el peligro de reducir el conocimiento de Dios a fórmulas que pre­tendan agotar el signifi­cado de lo divino. Las defini­ciones y los conceptos serán tanto más valio­sos cuanto mejor sirvan a este realismo de Dios y no lo oculten en abstraccio­nes que susti­tuyan a la realidad que quieren desig­nar. Esta defensa de la realidad de Dios no obedece a ninguna controver­sia de escuela sino a una motivación mucho más senci­lla y decisiva: sólo un Dios real puede suscitar el interés de un hombre normal, es decir, de un hombre cuya razón está hecha para co­nocer y amar la realidad. De ahí que sólo un Dios real pueda despertar en el hombre una atracción vital, existencial, convirtiéndose en un factor deci­sivo de su actitud “práctica”, en fuente in­terior de sus comportamientos morales. Se ve que un hombre ha conocido realmente al Dios real porque de ese cono­cimiento se sigue una decisión para la existencia.

Dios y la verdad
Ratzinger sitúa por tanto el problema de Dios en relación con el pro­blema del conocimiento de la realidad. La cuestión “religiosa” de Dios debe afrontarse en estrecho con­tacto con las cuestiones “filosóficas” de la verdad, del bien y la belleza, de la liber­tad, en su significación universal. Para él, la religiosi­dad humana coincide con una ra­cionalidad abierta a la totalidad de lo real, hasta su origen misterioso en la verdad de Dios. Esa realidad cuyo último fundamento es Dios atrae al hombre porque la verdad es simultá­neamente bien y belleza. Ratzinger habla del “milagro de lo bello superfluo” que pro­voca a la razón a superar una me­dida preconcebida, por ejemplo de tipo matemático, y a abrirse con estupor a una realidad que se desvela porque es inteligible, y puede ser amada. De aquí se sigue una importante observación sobre el planteamiento de nuestro teólogo. A la vez que denuncia la reducción de Dios a un problema “teórico”, defiende la inteligibilidad del cosmos, a partir de la belleza, hasta alcanzar a Dios como su fun­damento. Ambas dimensiones pueden ir unidas cuando se recupera el significado co­rrecto de la admiración (thaumazein) como origen del pensamiento, es decir, la actitud maravillada ante lo que está dado y sorprende, porque no es producido por la razón humana y sin embargo es profundamente correspondiente con ella. De ahí viene, a su vez, el sentido irrenunciable de la actitud teórica (theoria), entendida como contempla­ción de lo real que se nos da para que lo comprendamos y lo amemos. La afirma­ción de Dios como la verdad, y por tanto como la posibilidad de entender el mundo, a la vez que como el destino último de felicidad para el hom­bre (amor), es un hilo conductor de su teología.

Frente a las reducciones del racionalismo
Un aspecto de esta defensa de la relación entre Dios, la verdad y el amor es la denuncia del ra­cionalismo. Las páginas en las que Ratzinger habla de Dios están salpi­cadas de advertencias sobre los límites de los racionalismos modernos (desde el carte­sianismo y el kantismo hasta el positivismo y el marxismo) pero también anti­guos (no faltan reser­vas sobre ciertos usos de conceptos como el de “sustancia” cuando los consi­dera insuficiente para acoger la novedad cristiana). Y no deja tam­poco de adver­tir sus influencias sobre la teología. En particular re­chaza las posturas gnósticas en la antigüe­dad clásica y en ciertas corrientes con­temporá­neas. Y lo hace sobre la piedra de toque de la reali­dad, como no podía ser me­nos. Los gnósticos acaban siempre dividiendo la realidad para menospreciar el as­pecto mate­rial, corporal, particular, en nombre de lo inmaterial, lo espiritual, lo uni­ver­sal, y dan por tanto un juicio negativo sobre el valor de la crea­ción, de la historia y del hombre con­creto, es decir, dan un juicio negativo sobre Dios. Ante estas posiciones, el tempera­mento filosó­fico y cristiano de Ratzinger recu­pera la positivi­dad y la bondad de lo creado y del hombre, que el pecado puede haber oscurecido pero no ha privado de su valor ontológico. Se sitúa con ello en la línea de la mejor tradición occi­dental, agustiniano-tomista, que ha defendido siempre el “deseo natural de ver a Dios” y el “amor natural a Dios sobre todas las cosas”.

La razón y la ciencia
En esta iniciativa a favor de la razón, Ratzinger se encuentra con un aliado que podría pare­cer inopinado: la racionalidad científica. No se le escapa que el cientificismo positi­vista –todavía tan difundido en la divulgación popular— es el modelo de una ra­zón entendida como medida de todas las cosas, pero no se con­forma con señalar ese límite evidente de la ideología cientificista. Se da cuenta de que los tiempos han cam­biado y de que las mejores expresiones de la ciencia hoy son sensibles al carácter abierto, miste­rioso de la realidad, y han comprendido que el saber científico no se puede fundar a sí mismo sino que se ve remitido a otro uso más amplio de la razón si quiere alcanzar el fun­damento de su propio saber. Multiplica los ejemplos tomados de las cien­cias, de los diálogos entre científicos o de las afirmaciones de grandes hombres de cien­cia a la hora de volver a plantear el problema de Dios en nuestros días.

La fe da plenitud a la razón
Si la fe cristiana no incluyera constitutivamente estas dimensiones profundas de la experiencia humana, tal y como son descritas por filosofía y ciencia, y no pudiera darles plenitud, el anuncio evangélico resultaría, en el mejor de los casos, intrascendente cuando no perjudicial. Por el contrario, si la fe cris­tiana se presenta como un modo gra­tuito de dar plenitud a la razón humana –llevándola más allá de su propia medida y más allá de la oscuridad en la que se encuentra existen­cialmente por el pecado—, entonces todo hombre podrá advertir la conveniencia de este Logos encarnado que purifica y ex­alta nuestro logos. La correspondencia entre la revelación del Logos y el logos filosó­fico no se reduce a un mero paralelismo; se trata más bien de que el logos humano es provocado y dilatado desde dentro del acontecimiento del Logos encarnado. Por eso, cuando el cristiano, a la luz de la revelación, se interesa por la filosofía y por la ciencia puede constatar su importancia para la dimensión misionera de la fe, porque estos sabe­res permiten comunicar, en un lenguaje accesible a todos, las implicaciones de la pro­puesta cristiana según su originalidad propia. El Logos cristiano, a su vez, ha sido cruci­ficado por amor a los hombres y por tanto la Cruz impedirá siempre cualquier preten­sión de identificar sin más al Dios vivo con un puro Dios filosófico. El Dios vivo, al que remitía el joven profesor Ratzinger ya en los años 50, es el Dios de Jesucristo, que no se reduce a ninguna de las adquisiciones de la razón humana. Cuando entra por gracia en el horizonte del hombre, lleva su capacidad de entender y de amar hasta profundidades insospechadas, y le hace disponible para dar razón de su esperanza a quien quiera que se encuentre.

Javier Mª Prades
Facultad de Teología San Dámaso


(palabras en italiano)
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