“Los presupuestos antropológicos de la evangelización”
Comentario a la Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización
Javier Mª Prades López
Facultad de Teología “San Dámaso” (Madrid)
“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). La solemne afirmación de Jesús resume la naturaleza propia de la evangelización en cuanto propuesta de una vida perdurable (cf. Nota, 4). La vida eterna es la plenitud de la existencia en virtud de la participacion en la vida divina, plenitud tan deseada como inalcanzable por nuestras fuerzas. Para conseguir la felicidad ya en esta vida y para siempre, a los hombres no nos basta con saber que hay un Dios verdadero. Necesitamos encontrarlo personalmente en el tiempo y el espacio de nuestra historia, y eso es posible gracias a la Encarnación y a su prolongación sacramental en la Iglesia, esto es, gracias al encuentro con Cristo, en quien está la vida (cf. Jn 1,4). Los hombres logramos la “vida-vida” cuando por el don del Espíritu Santo reconocemos amorosamente a Jesús como el Hijo, enviado por el Padre “para que tengan vida en abundancia” (Jn 10,10). El destino de felicidad de cada hombre está pues unido a los dos grandes misterios dogmáticos de nuestra fe a los que alude san Juan: la Trinidad y la Encarnación.
1. En el contexto de la relación con las culturas y religiones
La tarea de proponer esa vida plena se abandona con frecuencia, debido a una situación de confusión que la Nota identifica mediante varios factores. Entre ellos hay dos principales: la reducción del anuncio cristiano a la promoción de valores humanos (justicia, libertad, paz, solidaridad...), y el relativismo que separa la libertad de la referencia a la verdad. Cuando se interioriza esa mentalidad se renuncia a evangelizar porque se teme que la propuesta del Evangelio sea una “intromisión indebida” o incluso “un atentado a la libertad” del interlocutor (3-4). Dada la gravedad de estas consecuencias, la Nota examina los presupuestos antropológicos de tal objeción y los confronta con una recta concepción del hombre a la luz de la revelación, para así no sólo superar la acusación sino mostrar que la evangelización es “una oferta legítima y un servicio que hace más fecundas las relaciones entre los hombres” (5).
Presuponer una superioridad racional de ciertos valores frente al anuncio de un hecho histórico, así como defender el relativismo cultural son dos criterios que condicionan el modo de entender la relación entre culturas y religiones. Hunden sus raíces en la modernidad ilustrada de occidente y hoy siguen ejerciendo notable infuencia en el llamado debate sobre el multiculturalismo. Ese es el contexto de pensamiento en el que se juega la misión evangelizadora. El primer paso del recorrido antropológico consiste pues en identificar, aunque sea brevemente, los dos factores mencionados.
La mentalidad ilustrada postulaba que la universalidad racional y ética era superior a las tradiciones religiosas precisamente porque hacía abstracción de cualquier particularidad histórica. Las religiones positivas no eran estrictamente universales --y por tanto no podían ser públicas-- mientras que sí lo era la cultura de la modernidad que atribuía al Estado la garantía de los derechos y libertades del ciudadano, desprovisto éste de cualquier identidad. Se erigía por ello al Estado en garante de las religiones, que quedaban reducidas a fenómenos de conciencia puramente privados.
En muchas corrientes del multiculturalismo actual, de corte postilustrado, se radicaliza la dificultad porque no sólo no se le devuelve el valor universal a las tradiciones religiosas, sino que se le quita también a la razón (excepto en su poder deconstructivo). Ya no hay “razón” o “cultura” universal sino “razones” y “culturas” particulares. No son sólo las religiones sino todas las cosmovisiones las que pierden su carácter universal, es decir, verdadero. Las identidades culturales y religiosas se yuxtaponen unas a otras sin que quepa establecer una verdadera comparación de carácter racional o ético entre ellas (cf. Nota, 4).
El multiculturalismo enfatiza el valor público de las identidades particulares y rechaza la concepción universalista moderna porque la considera incapaz de respetar lo típico de cada cultura debido precisamente a su abstracción. Por su parte, el universalismo de matriz ilustrada reivindica la igualdad de la condición humana. Para ello la formaliza abstractamente en determinados contenidos y/o procedimientos éticos y jurídico-políticos (es universal el ciudadano en cuanto tal pero no lo es ninguna identidad comunitaria), y rechaza lo que considera la fragmentación de las identidades como una fuente de arbitrariedad. Ambas tendencias, que comparten los mismos presupuestos, se critican entre sí porque son dos expresiones “insatisfechas” de una exigencia más profunda que no alcanzan: el reconocimiento de una unidad cultural en la que la particularidad y la universalidad no se excluyan recíprocamente.
Tanto el universalismo ilustrado como el multiculturalismo postilustrado, cuando se absolutizan, vacían la pretensión cristiana, como se advierte en los modelos teológicos que absorben esas influencias y relativizan la evangelización (cf. Nota, 3). Según estas posiciones, si la fe cristiana es una variante religioso-cultural entre otras y no poseemos criterios de comparación universal, no habría más alternativa racional que la de renunciar a proponerla a todos los hombres. El cristianismo --lo mismo que cualquier filosofía, cultura o religión-- carecería de título legítimo para dirigirse razonablemente a la libertad del otro. La consecuencia es que cada uno queda encerrado en su mundo cultural y religioso. No sólo se excluye la propuesta al otro de la propia experiencia sino que, bien mirado, incluso el diálogo entre los hombres, aunque se pregone verbalmente, en realidad se considera imposible (cf. Nota, 10). Y la solución no se alcanza tampoco con la reconversión de la fe cristiana a un conjunto de valores éticos o sociales, desgajados de su origen histórico en el acontecimiento de Cristo, cuyo fracaso está documentado en el cristianismo ético de la Ilustración, por más que esa posibilidad renazca una y otra vez.
2. Una antropología capaz de realizar la unidad
Veamos en qué términos una experiencia cristiana original puede, en cambio, proponer la síntesis convincente entre las aspiraciones de ambas posturas culturales (valor público de las identidades particulares e igualdad de todos los hombres), superando al mismo tiempo sus limitaciones respectivas (relativismo cultural y universalismo abstracto). El cristianismo es una oferta razonable para todos cuando se anuncia según la naturaleza propia de sus misterios dogmáticos, sin homologarse con ninguna concepción cultural (cf. Fides et Ratio, 70ss.; Nota, 6).
La revelación identifica constitutivamente al hombre como imago Dei (cf. Gn 1, 26-27). ¿Por qué esa concepción del hombre, entendida a la luz de la Trinidad y la Encarnación, fundamenta razonablemente la propuesta universal de un hecho particular? En otros términos, ¿cómo es el hombre para que resulte razonable afirmar que el destino de felicidad eterna de todos --valor universal-- depende de su encuentro con Jesucristo --hecho particular--? Afrontar estas preguntas por extenso nos conduciría a desarrollar el tema clásico de la relación entre Cristología y antropología. Nos limitamos a poner de relieve algunas afirmaciones antropológicas relativas a la parte II de la Nota.
3. El hombre como imago Dei: el primer Adán es tipo del segundo Adán
Gaudium et Spes 22 ha llegado a ser como el enunciado programático de la relación adecuada entre el misterio del hombre y el misterio del Verbo encarnado. Gracias a la renovación conciliar, la antropología teológica concede gran relieve a la mediación cristológica de la creación (cf. GS 10-12) y confiere todo su peso, para comprender quién es el hombre, a la afirmación paulina de los dos Adanes (cf. Rom 5,14; 1Cor 15,45ss.), ampliamente comentada por la primera teología cristiana (Ireneo, Tertuliano). Esta antropología enseña que la verdad completa sobre el ser humano nace del acontecimiento de Jesucristo, que es el hombre absolutamente correspondiente a Dios, es la Imagen definitiva del Padre (cf. Col 1,15; 2Co 4,4). La humanidad singular de Jesús, al ser la humanidad del Hijo de Dios (en sus dimensiones de predestinación, encarnación y redención), implica una determinación del ser humano válida para todos los hombres y en esa medida su pretensión es universal (cf. Nota, 9).
Se ofrece así el fundamento dogmático para una acción evangelizadora universal. Todo hombre es imagen de Dios, no de un modo genérico, como si fuera una criatura “natural” entre otras, sino que su creación está históricamente orientada a los misterios de la Trinidad y la Encarnación, porque cada uno de nosotros hemos sido queridos por el Padre como imagen del Hijo encarnado, y sólo en Él se puede cumplir nuestra humanidad. Por eso, para ser felices no basta con saber que hay un Dios verdadero, sino que debemos encontrar en la historia a Aquel que es la Imagen definitiva del Padre y el hombre perfecto, Jesucristo (cf. Nota, 7), participando de la comunión en la vida divina mediante la pertenencia a la Iglesia y definitivamente en el cielo.
4. Un acontecimiento que salvaguarda la libertad y la historia al proclamar la verdad
La revelación cristiana ofrece su novedad sólo cuando atribuye a la historia del hombre Jesús de Nazaret el carácter de acontecimiento de la libre comunicación de Dios Trino (cf. Dei Verbum, 2, 4; Deus caritas est, 1, 12). La Verdad de Dios se ha revelado a través de la libre obediencia de Jesús de Nazaret, y por tanto la manifestación de la Verdad trascendente ha querido implicar la libertad humana. Es el caso de la respuesta libre de Jesús al Padre, con un sentido originario, único e irrepetible. Pero también sucede en el caso de la libre respuesta del cristiano a la revelación, de forma participada (¡el fiat de María!). La fe forma parte de la revelación ya que ésta es siempre testimoniada (sea por el Hijo, sea por los “hijos en el Hijo” mediante el Espíritu Santo) y por tanto adquiere un peso decisivo en la comprensión del vínculo entre antropología y Cristología (cf. Nota, 5).
Es pues inherente al acontecimiento de Cristo el salvaguardar la consistencia y la autonomía relativa de lo humano como una dimensión interna de la revelación. Por eso, la evangelización realiza en acto la capacidad de verdad del hombre, exaltando el valor insustituible de la libertad. Al afirmar que el método de la revelación de Dios es un acontecimiento histórico, se reivindica la verdad de la experiencia histórica porque se muestra que los hechos históricos no deben ser abandonados para alcanzar su fundamento último. Dicho de otro modo, no es necesario pensar la trascendencia de la Verdad universal desde fuera de la relación que la libertad tiene con sus condiciones concretas, históricas. Gracias a esta defensa de la íntima relación entre la condición histórica (caro) y el Misterio de Dios (Verbum), típica del anuncio cristiano, la circunstancia particular goza de un valor irreductible (así se acoge lo que hay de verdadero en el multiculturalismo) precisamente porque puede hacer presente la verdad universal (aspiración de los ilustrados modernos), superando la aporía entre relativismo histórico y universalismo abstracto de la que no consigue salir la cultura occidental. Sólo si evangelizamos permitiremos a occidente reconciliarse consigo mismo (cf. Nota, 13).
5. Una antropología dramática
La Nota recuerda que “la verdad salvífica no es solamente objeto del pensamiento sino también acontecimiento que afecta a toda la persona – inteligencia, voluntad, sentimientos, actividades y proyectos – cuando ésta se adhiere a Cristo” (4). La caracterización de la verdad como acontecimiento que implica a toda la persona ofrece el fundamento para comprender la correcta relación entre razón y libertad. Ese dinamismo es propio de la búsqueda de la verdad en todos los niveles de la vida, y así sucede también, por el don del Espíritu Santo, en la acogida de la revelación (cf. Nota, 5). Como Dios ya da testimonio de sí a través de la creación (cf. DV, 3) suscita una atracción que impulsa a conocerle como Creador mediante sus obras. En efecto, la persona que busca la verdad trascendente está siempre situada en la creación y la historia. Para acceder a la verdad debe vivir siempre las circunstancias concretas de la realidad, que despiertan una inicial sorpresa y desencadenan un dinamismo racional que no se detiene en la primera correspondencia sino que busca siempre pasar “más allá”, hasta llegar al origen misterioso de todas ellas. En ese movimiento están implicadas todas las dimensiones de la persona, que se conoce tanto más a sí misma, al mundo y a Dios cuanto más profundiza en la realidad (cf. Fides et Ratio 1). El enriquecimiento de la persona se produce pues en la medida en que vive una intensa relación con la realidad, y no cuando permanece en una indiferencia pretendidamente neutral frente a lo real.
Se comprende que el hombre puede y debe abrirse confiadamente a los demás, sobre todo a aquellos que mejor le introducen en esa relación con el Misterio que hace todas las cosas. Este dinamismo de la razón y la libertad hacia Dios, que se identifica con la dependencia creatural, dice la más alta dignidad de todo hombre. Sin embargo, no llega a ser concluyente todavía porque ni el otro (finito), ni la suma de todos los otros, pueden obtener que la relación personal con Dios adquiera rasgos únicos, intransferibles (cf. GS 19-21). Para que esta condición se cumpla hace falta además la experiencia histórica de un encuentro con el Absoluto que se dirija a la libertad de la persona, pronunciando su nombre. Cada uno ha podido descubrir plenamente el significado misterioso e irrepetible de su “yo” en virtud de un acontecimiento particular, que ha sucedido en su historia. Es el evento de Jesucristo el que plenifica el misterio de nuestra libertad: Dios ha entrado en nuestra historia como factor real para llamar a nuestra libertad y personalizarla irrepetiblemente (bautismo y vocación). Llegamos a conocernos en la medida en que acogemos la filiación donada como forma de nuestra existencia y así descubrimos libremente el fundamento bueno de nuestra existencia. La adhesión a la forma filial de Cristo, en el Espíritu Santo, exalta la responsabilidad en la vida terrena: cuanto más descubrimos el significado filial de nuestra existencia, tanto más somos empujados a ejercer nuestra capacidad de adhesión y de decisión en todos los ámbitos de la vida personal y social. Puesto que la existencia de Jesucristo culmina en la entrega a la voluntad del Padre, poniendo en juego toda la verdad de su “yo” y desvelando su filiación divina, a cada uno de nosotros se nos ofrece la posibilidad de participar de esta forma singular de filiación, gracias a la cual podemos llegar al “estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13). Cuando se realice definitivamente participaremos por gracia de la gloria eterna de Dios Trino.
6. A través del testimonio de la fe
La Nota concluye la II parte indicando que el método de evangelización, en el marco del diálogo sincero con los hombres, es el testimonio y el anuncio (8), a semejanza de Jesús, el Testigo fiel y veraz (cf. Ap 3,14). Quien conoce la vida eterna ya desde ahora, es decir, quien conoce al Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo, experimenta la belleza de una “vida-vida”, que satisface la razón y la libertad. El hombre que tiene esa experiencia y la verifica como un enriquecimiento inaudito de su personalidad (cf. Nota, 6), crece en el deseo de comunicarla a otros (cf. Nota, 7). Sólo así, por la comunicación de un bien sobreabundante, se ofrece el único cumplimiento posible al derecho que todos tienen de recibir esta Buena Noticia (cf. Nota, 2). ¿Cabría encontrar un Hecho que convenga más a todos, que sea a la vez más personal y de mayor proyección pública, más particular y más universal?
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