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Amado amigo, amado padre

Juan Manuel de Prada
ABC 26.3.2007
Lo conocí hace apenas un par de años; pero, misteriosamente, nuestra amistad prendió en terreno fértil, creció vigorosa y rindió flores que nunca se agostarán. Alguien me puso en contacto con don Eugenio Romero Pose en vísperas de mi viaje a Roma, cuando ABC me nombró enviado especial durante el último Cónclave; me dijeron que nadie como él disponía de una agenda romana tan selecta y bien nutrida. Cuando lo llamé se hallaba en mitad de una sesión de quimioterapia, una de las muchas que durante los últimos años afligieron su organismo, dilatando el avance voraz del cáncer. Me devolvió la llamada a las pocas horas, sobreponiéndose a la resaca aniquiladora de las soluciones químicas; aunque me hablaba en un hilo de voz, había en sus palabras una efusión generosa, hospitalaria, que me emocionó. Durante mi estancia en Roma me serví de aquellos contactos que don Eugenio me había proporcionado: así pude ofrecer a mis lectores informaciones privilegiadas a las que ningún periódico del mundo pudo acceder; así pude conocer a criaturas excepcionales, que me hablaban de don Eugenio con una mezcla de veneración y rendida simpatía. Me propuse, a mi vuelta a España, conocer a aquel hombre que iba dejando a su paso un reguero de elogios fervientes.

Y vaya si lo conocí. Fue aquel conocimiento uno de los dones más hermosos que Dios me ha concedido; un don fulgurante como un tesoro cuyo brillo no se extingue jamás. Lo visité en su residencia, que era morada de hombre humildísimo, tan parco en sus hábitos como pródigo en sus afectos. Lo visité en repetidas ocasiones, para disfrutar de su conversación inigualable, retozona de sabidurías que no admitían esclusa. Don Eugenio era un atleta de la amistad, también un atleta del conocimiento verdadero, aquel que busca sus manantiales en la belleza de la fe. Hablábamos incansablemente de patrística, hablábamos de San Ireneo y de San Agustín como si fueran unos amigos muy queridos que de un momento a otro se fuesen a incorporar a nuestra reunión; hablábamos también de Chesterton, a quien don Eugenio me prometió promover en Roma, para que algún día lo pudiéramos invocar como San Gilberto; hablábamos de los libros europeístas de Benedicto XVI, a quien don Eugenio llevaba leyendo más de veinte años; hablábamos sin descanso, ignorantes de las manecillas del reloj, hasta que las palabras se convertían en una aleación de metal más resistente que el bronce, hasta que las palabras nos envolvían con su armadura intrépida. Don Eugenio era humanísimo y cordial, tan cordial que a veces el corazón se le salía del pecho, deseoso de ofrendarse; era magnánimo y muy delicadamente irónico; era jocundo y era grave según lo requiriese la ocasión; era un erudito que contaba sus erudiciones como si fuesen aventuras, paseos de la inteligencia por los paisajes más inefables, allá donde la nieve nunca se derrite, allá donde la hierba conserva el frescor del rocío.

Nada humano le era ajeno. Tenía la curiosidad recién estrenada de quien acaba de vislumbrar el mundo; y la sabiduría de quien ha contemplado el mundo desde una atalaya inaccesible al común de los mortales. Y era, ante todo y sobre todo, un pescador de hombres, una criatura ungida para predicar la Buena Nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón. Muchas veces me alivió las penas, muchas veces me mostró la belleza de Cristo, cuando yo creía desfallecer en mi fe, cuando los negros pajarracos de la angustia me picoteaban encarnizadamente; y lo hacía mientras combatía una enfermedad que le arrancaba jirones de vida, jirones de aliento, dejando sin embargo su alma intacta, un alma que tenía la belleza de un álamo invicto, su misma elegancia esbelta, rumorosa de pájaros que cantan en un idioma que calma la sed. Los últimos años de su vida, tan fecunda y abnegada, fueron una catequesis del dolor, una catequesis de una hermosura ascética que iluminará para siempre mis días. Nunca he conocido a nadie que hablara con tanta serenidad y agradecimiento sobre la muerte presentida; a nadie que mirara a la muerte con tan sobrecogedora calma, con una tan tranquila ansia de fundirse con Dios. Dios se hacía carne en su dolor, Dios era su dolor, redimiéndolo y redimiéndonos. Era un hombre al servicio de Dios, cada célula de su cuerpo, cada hallazgo de su inteligencia al servicio de Dios, quemándose en una hoguera gozosa.

Y era un dechado de bendita, incesante humildad. Pocos sabían que detrás de los documentos más preclaros de la Conferencia Episcopal, allá donde se dirimían las cuestiones más candentes de nuestro tiempo, allá donde se encarnaba la eterna novedad del Evangelio, estaba la escritura exacta, luminosa, fragante de santidad de don Eugenio. Más de una vez me pidió que leyera sus borradores sin tacha, solicitándome un juicio o una pincelada literaria; más de una vez me hizo partícipe de aquellas pesquisas del saber, como sólo el maestro sabe hacer partícipe al discípulo, infundiéndole la certeza de que el magisterio es un aprendizaje continuo, un coloquio de almas gemelas exorcizando la noche. Ahora que por fin don Eugenio está en la asamblea de los bienaventurados, ahora que por fin descansa de tantos quebrantos, siento que ese coloquio ha asentado su nido en mi corazón, ha incorporado su música a mi sangre, hasta que algún día podamos proseguirlo, allá en la eternidad. Mientras concluyo estas líneas temblorosas, pienso que Dios nos ha dejado sin un hombre excepcional; pero pienso también que esa pérdida tiene un sentido hondo y misterioso.

Mientras vivimos, vemos las cosas como en el envés de un tapiz; sólo en presencia de Dios contemplamos el diseño magnífico de ese tapiz, que en vida juzgábamos confuso. Yo sé que don Eugenio me revelará algún día el significado de ese tapiz que ahora sólo acierto a descifrar parcialmente; y cuando me lo revele, con su voz calmosa y muy delicadamente galaica, nuestro coloquio habrá alcanzado al fin su plenitud fecunda, la plenitud que sólo se alcanza en comunión con los santos. Descansa en paz, amado amigo, amado padre.

(palabras en italiano)
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