José Luis Restán
La Navidad del arzobispo
Páginas Digital, 20.12.2007
“En el corazón de nuestra fe está el que todos los acontecimientos, incluso aquellos que nos resultan difíciles de comprender, forman parte de un designio providencial del amor de Dios para bien de todos los hombres, sin dejar a nadie fuera, y que Jesucristo viene siempre a nuestro encuentro en todas las circunstancias. La vida es libre y bella cuando acogemos este don supremo que es Cristo”. Quien así se ha expresado es un hombre que acaba de ser condenado por un tribunal humano, que ha visto arrastrar su imagen por el lodo en los medios de comunicación, y que sufre ya (la sentencia aún no es firme y será recurrida) la pena añadida de un aislamiento y un silencio espeso difícilmente comprensibles.
Me refiero a Monseñor Javier Martínez, arzobispo de Granada. El mazazo (ni siquiera esperado por sus enemigos, que ya daban por perdido este primer envite) le sorprendió en Beirut, donde participaba en la preparación de un congreso sobre el cristianismo siríaco, una de las materias en las que desde muy joven es una autoridad mundial. Valga la anécdota para decir que el arzobispo, una vez superado el amargo trámite del juicio provocado por la acusación de un sacerdote desobediente de su diócesis, ha querido seguir con sus tareas de todos los días. En una sobria nota publicada tras su regreso a Granada, ha proclamado su escrupuloso respeto a las decisiones de la justicia, al tiempo que manifestaba su legítima discrepancia y reiteraba que es inocente del delito y la falta por los que ha sido condenado, y que en consecuencia interpondrá los recursos previstos por el ordenamiento jurídico.
No entraré ahora en la extraña sentencia que para sorpresa de todos le ha condenado. Baste decir que el retrato que minuciosamente se deduce de sus farragosas páginas no se parece en absoluto al rostro de Monseñor Martínez que conozco desde hace años. Y si aquél es el aguafuerte que nace del testimonio rencoroso de quien ha buscado escandalosamente abatir a su pastor, el mío ha nacido de la experiencia directa de encontrar a un hombre enamorado de Cristo, compañero de las fatigas, oscuridades y preguntas de cualquiera que encontrase en su camino, y entregado hasta la extenuación al servicio de la Iglesia. Comprendo que esta confesión de parte no tiene ningún valor probatorio, pero es mi testimonio libre y ofrecido a cualquiera que lo desee considerar.
Aparte de eso, resulta preocupante la concepción de la vida de la Iglesia y del ministerio episcopal que se desprenden de los razonamientos de la sentencia. Cualquiera es muy libre de pensar que la obediencia cristiana es sinónimo de sometimiento irracional, o que el gobierno eclesial es signo de despotismo, pero que un juez utilice esos prejuicios como base para obtener sus conclusiones es otra cosa. Lo cierto es que una sentencia como ésta deja a los pies de los caballos el ejercicio cotidiano del ministerio episcopal en cualquier diócesis de España, y eso significa que la libertad religiosa queda en la práctica desamparada. No se trata de que el Estado de Derecho garantice un derecho genérico y abstracto, sino de que tutele efectivamente el desenvolvimiento cotidiano de la libertad religiosa, y eso implica respetar la naturaleza peculiar de las relaciones dentro de cada confesión religiosa, por supuesto, siempre que no resulten dañados los derechos fundamentales de cualquiera. De todo esto tendría que haberse hablado y mucho, pero sorprende la cortina de espeso silencio que rodea a una decisión tan preocupante.
Mientras tanto el arzobispo dice que la vida es libre y es bella. Para muchos esto debe sonar a música celestial, algo así como una decoración navideña o un voluntarismo forzado. Y sin embargo, cualquiera que supere el cerco de silencio y de prejuicios que le rodean desde hace meses puede comprobar la sencilla verdad de esas palabras. Su vida es libre y es bella porque no depende de la opinión dominante, porque no cede a la pretensión de lo políticamente correcto ni dentro ni fuera del recinto eclesial, porque construye cada día con esa paciencia propia de quienes se dedican a plantar olivos.
Caminando por Granada hace pocos días, hablando con unos y con otros, y abriendo los ojos y los oídos a esa historia que ningún medio quiere contar, he podido calibrar los quilates de su obra como padre del pueblo, como promotor de obras que ensanchan la razón y la libertad de todos, como defensor del bien y de la libertad de la Iglesia frente a cualquier poder que trate de dañarlos. Sí, la vida es libre y es bella cuando está en las manos de Cristo, que viene a nuestro encuentro en todas las circunstancias. Por eso no logran abatirle. Feliz Navidad.