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José Luis Restán
En América

Páginas Digital, 10.5.2007
Joseph Ratzinger retorna a América Latina, un continente que conoce profundamente y que ocupó una parte importante de su esfuerzo de discernimiento teológico y pastoral durante los años 80. Frente a los que sostienen que el Papa alemán es prisionero de un eurocentrismo incurable, que le hace incapaz de conectar con la sensibilidad del catolicismo latinoamericano, uno de los principales intelectuales del continente, el uruguayo Alberto Methol, anuncia que Benedicto XVI está en las mejores condiciones para ayudarlo a salir de esa especie de bloqueo cultural en que parece encontrarse. Y no lo hará reclamando sólo al orden, sino poniendo en valor la genialidad propia de esa gran tradición cristiana, llamada a generar una nueva síntesis en este momento histórico.

Tendremos que esperar a los discursos que el Papa pronuncie en Brasil, pero ya tenemos un indicio en el gran diálogo que el cardenal Ratzinger planteó en sendas instrucciones sobre la libertad cristiana y liberación, una verdadera tarea de rescate de los mejores fermentos de la teología de la liberación, para liberarlos del corsé ideológico marxista en que se veían embutidos e injertarlos en el tronco de la gran tradición católica. Aquel esfuerzo es lo más contrario que existe a una represión ideológica, que es como han querido presentarlo algunos sectores, que ahora sacan de nuevo la cabeza. Mejor así, porque se podrá certificar su incapacidad absoluta para la autocrítica y para construir realmente un pueblo.

Y así, pocos días antes de la inauguración de la Conferencia del CELAM en Aparecida, Leonardo Boff ha hecho sentir su voz, que más que atronadora resulta por demás caduca y aburrida. Profetiza una asamblea estéril y denuncia que Benedicto XVI representa la nostalgia de una Iglesia cerrada en sí misma e incapaz de responder a los desafíos de la historia. Y lo dice él, que abrazó sin pudor los esquemas del marxismo, y tras la caída del Muro colgó su hábito franciscano y se fue a orillas del Pacífico a profesar una suerte de credo sincretista, entre cósmico y chamánico. Boff es quizás uno de los ejemplos más vistosos de la derrota cultural y moral de un empeño que tuvo su grandeza, pero al que le perdió la sumisión ideológica y la falta de vínculo vital con el camino de la Iglesia.

Yo no me apunto a la triste profecía de Boff, pero tampoco me satisfacen algunas autocomplacencias vestidas de discurso ortodoxo. Desde la última Conferencia del CELAM en Santo Domingo, el contexto socio-cultural latinoamericano se ha vuelto notablemente hosco para la transmisión de la fe, para la presencia pública de la Iglesia y para el sostenimiento de un tejido moral que nazca de la experiencia cristiana. Por su parte, dentro de la propia Iglesia hay síntomas de cansancio, dificultades para diagnosticar un proceso acelerado de cambios, falta de liderazgo y creatividad. Se sigue hablando mucho de religiosidad popular, de evangelización de la cultura y de opción por los más pobres, pero a veces parece que al discurso le faltan carne y sangre. Hay metrópolis en las que la cultura popular católica se tambalea, mientras la agresividad de los poderes políticos y mediáticos se hace cada vez más descarada. La tentación de ponerse a la defensiva es grande.

Por supuesto, ¿quién puede negar las expresiones pujantes de la fe en el “continente de la esperanza”? Desde luego están ahí, y de ahí tiene que partir nuevamente todo. Pero es importante no verlas como fotos fijas, porque el viento de la historia arrecia. La tarea es apasionante y desproporcionada, como siempre lo fue.

Aquellos primeros evangelizadores también debieron sentirlo así, pero contaban con una fe viva y profundamente radicada en el camino de la Iglesia universal. El mestizaje y la cultura del barroco nacieron de aquel injerto de la fe en las venas de América, pero ahora no es tiempo de nostalgias sino de una nueva creación. Benedicto XVI no tiene una varita mágica, ni creo que venga con una estrategia detallada. Llega a Brasil con la libertad y sabiduría cristianas que le caracterizan. A diferencia de Boff, yo espero más de una sorpresa y, sobre todo, una nueva dirección y una nueva inteligencia de la situación, para que la Iglesia encarne toda su potencia vital en las circunstancias dramáticas que marcan el hoy del continente de la esperanza.

(palabras en italiano)
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