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«¿Quién eres Tú, oh Cristo, que puedes infundir tanta pasión a la vida de un hombre?»
21/10/2009 Homilía de Julián Carrón en el entierro de Giorgio Pontiggia, sacerdote.

Milán, parroquia de San Ignacio de Loyola, 21 de octubre de 2009

¿Quién eres Tú, oh Cristo, que puedes infundir tanta pasión a la vida de un hombre?
¿Quién eres Tú que sabes atraer al yo por entero, con todo su talento, imaginación e intensidad, y lo pones a tu servicio de manera que comunique tu misma vida a los hombres, no con las palabras, sino con esa humanidad vibrante e intensa que solo Tú puedes conceder?
¿Quién eres Tú, oh Cristo?
Todos nosotros –y vosotros jóvenes en particular– hemos comprobado qué clase de novedad introduce Cristo en la vida de un hombre cuando éste se deja aferrar por entero: se enciende en él una verdadera pasión. En don Giorgio hemos visto la pasión que Cristo es capaz de despertar en la vida de un hombre, una pasión por Él y por todos los hombres.
Gracias a su sencillez, que le llevaba a ceder fácilmente ante el atractivo de Jesucristo, muchos habéis podido conocer quién es Él, no de palabra, ni con discursos o de una manera formal, sino mediante ese acontecimiento que cambia al hombre que se deja aferrar por Su presencia. La fe, esto es, reconocer a Cristo, exaltó por entero su persona. El encuentro con la humanidad de don Giussani –decía siempre don Giorgio– fue el cauce de su encuentro con Cristo. Se dejó aferrar por este encuentro y, haciéndose hijo de don Giussani, hizo que muchos pudierais conocer realmente quién es el Señor. Así creció su personalidad, su vocación de sacerdote y su capacidad educativa. Todo fue exaltado en él. En él vimos realmente este “ciento por uno” que quien se abandona a Cristo experimenta. Por todo esto, la vida de don Giorgio nos educa. Nos educó con toda su existencia. Comunicó a otros la misma experiencia que le había aferrado a él. El cardenal Angelo Scola escribe en su mensaje: «Desde los primeros tiempos del Seminario la amistad con él estuvo marcada por su apasionado deseo de esa plenitud humana que se nos concede por la gracia de Jesucristo»; por ello «don Giorgio tenía una extraordinaria capacidad de despertar, sobre todo en los jóvenes, este ardiente deseo. Al mismo tiempo, no renunciaba a ser continuamente como un aguijón para la libertad, para que cada uno asumiese hasta el fondo su responsabilidad, personal y comunitaria, frente al don de la fe».
Don Giorgio nos ha dado testimonio hasta el último aliento de su vida. Su muerte es como el último gesto de amistad hacia nosotros. En la confusión que a menudo nos domina, la muerte lo aclara todo. No se trata de una opinión más, sino de un hecho contundente, sin “peros” posibles, que nos pone delante de lo Eterno y nos plantea una pregunta que no podemos evitar más que traicionando la naturaleza de nuestro corazón: ¿hay algo que supere la barrera de la muerte? Solo eso será verdad.
Por lo tanto, la muerte conlleva un juicio sobre lo que verdaderamente vale y lo que es inútil. Es éste el último gesto de amistad que don Giorgio nos deja. Es como si nos dijera: «Mirad, que lo que no supera esta barrera no vale, no sirve». Por ello, junto con su vida, su muerte es la invitación más poderosa a vivir ante lo Eterno.
Nosotros podemos mirar de frente incluso esta “desgracia” de la muerte –acabamos de escucharlo en la liturgia– en virtud de lo que muchos de vosotros, jóvenes, habéis conocido gracias a él, de lo único que sirve para vivir y para morir. Jesucristo es el único que resuelve la condición del hombre, el único que puede acompañarnos en la vida y en el trance de la muerte. Tenemos una deuda con don Giorgio, ya que él nos ha testimoniado esta pasión por Cristo. Todo lo demás no sirve para vivir y menos para morir.
Pensando en él, me viene enseguida esa frase de San Gregorio Nacianceno que hemos escuchado en otras ocasiones: «Si no fuera tuyo, Cristo mío, me sentiría criatura finita. He nacido y me siento desvanecer. Como, duermo, descanso y camino, sufro enfermedades y me curo, me asaltan un sinfín de anhelos y tormentos, disfruto del sol y de todo lo que en la tierra fructifica. Luego muero y mi carne vuelve a la tierra como la de los animales que no tienen pecados. Pero, ¿qué tengo yo más que estos? Nada, excepto a Dios. Si no fuera tuyo, Cristo mío, me sentiría criatura finita».
Ojalá esta muerte sea para todos una gran ocasión de conversión a Él, a Aquel en quien todo consiste, para que nosotros también seamos hijos, testigos para los que nos rodean de quién es Cristo. Para que la belleza que don Giorgio nos enseñó pueda llegar a otros, a todos los que nos encontremos a lo largo de la vida.
Roguemos a la Virgen para que nos conceda ser herederos de este admirable testigo de Cristo entre los hombres.


(palabras en italiano)
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