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Juan Antonio Martínez Camino*
«Dios(es)»: una opción equivocada
La Razón, 17.9.2007
La religión ha vuelto a ocupar el primer plano de la actualidad, unas veces en forma de degeneraciones patológicas y destructivas (fanatismos e incluso terrorismos) y, otras muchas, en sus formas normales y creadoras (reconstrucción de iglesias en los antiguos países comunistas o multitudes de jóvenes con Jesucristo y con el Papa en todos los continentes). Y la vieja guardia del laicismo europeo, aferrada a sus recetas intelectuales de hace dos siglos, se ha puesto nerviosa y pretende salir al paso de la «inquietante vuelta de la religión» con supuestas soluciones «científicas y neutrales» que, en realidad, no son ni lo uno ni lo otro. Un ejemplo de esta reacción equivocada es la exposición que, oriunda de un llamado «Museo de Europa», ha recalado en Madrid, bajo el título provocativo e irreverente de «Dios(es): modos de empleo».

No hay que hacer juicios de intenciones. Incluso se podría conceder que las declaraciones de respeto por las religiones -que no faltan en el «Catálogo de la Exposición»- responden a una voluntad de ayudar a que los daños que pueden ocasionar los fenómenos degenerativos de la religión a las personas y a la sociedad se eliminen o se aminoren lo más posible. Pero si esto fuera realmente así, hay que decir que se ha tomado el camino equivocado, tanto por una razón fundamental de método como por los errores de fondo que tal opción presupone y, a la vez, ocasiona.

A estas alturas del siglo XXI resulta increíble que siga habiendo «comités científicos», como el de la exposición de la que hablamos, que pretendan ofrecer un «enfoque antropológico» del hecho religioso que prescinde expresamente de la historia de las religiones y de la teología, es decir, de lo que las religiones mismas han mostrado de hecho acerca de sí mismas y de lo que entienden que son en su propia reflexión sobre sí mismas. Lo que le queda a tal enfoque son unos supuestos «criterios objetivos» o neutrales destilados al margen y con exclusión de la entraña de lo religioso, desde los que -¡oh, milagro de la «ilustración»!- se asegura que se va a «hacer comprensible la estructura, naturaleza y dinámica de las diferentes experiencias religiosas». Es lo que firma el alcalde de Madrid en la segunda página del catálogo.

Es la tarea imposible que se ha impuesto a sí misma una razón automutilada que censura las cuestiones más decisivas que ella se ha planteado siempre de uno u otro modo: las del posible Absoluto, las del posible Amor incondicional, las del sentido o sinsentido del cosmos y de la existencia individual, la del carácter personal del ser humano. Todo eso es censurado de entrada por el método adoptado en esta exposición. ¿Por qué? Porque es tributaria de una concepción muy particular de la razón que se erige a sí misma -digamos que ingenuamente- como criterio universal de «libertad y solidaridad». Estas dos palabras, sagradas ciertamente, serían las únicas que es permitido pronunciar con voluntad de verdad, como si pudieran sostenerse por sí solas con exclusión de las otras a las que acabamos de aludir. Es la opción particular de un racionalismo exangüe, ahistórico y esquemático que pretende inútilmente poner diques a la marea «inquietante» de la religión. Esa razón autocensurada trata también de arbitrar el diálogo entre las religiones. Dice que ha conseguido «implicar» a la Iglesia en él, lamentando que le sea más difícil lograrlo en otros casos. Y no cae en la cuenta de que es ella misma la primera que ha de hacerse capaz de dialogar de verdad con las religiones, dejando de arrogarse un papel de árbitro que se tapa los oídos frente al lenguaje religioso.

El método del árbitro ciego y sordo no puede dar de sí más que tópicos y errores, como sucede en esta exposición y en este catálogo. ¿Ayuda realmente a entender algo del fenómeno religioso colocar en el mismo plano a figuras tan dispares como el imán Jomeini y la beata Teresa de Calcuta? ¿Ayuda, simplemente, a entender nuestra historia? ¿Es realmente lo mismo la Virgen María que las deidades de ciertos panteones politeístas con las que de hecho se la equipara? ¿Se puede pretender hacer una presentación seria, aunque fuera descreída, del cristianismo sin decir ni una sola palabra sobre Jesucristo? ¿Es verdad que «religión» viene del latín «escrúpulo»? ¿De verdad que se han dicho «multitudinarias misas» a la gloria de King II Sung, el líder comunista de Corea del Norte? ¿No es Guadalupe también un santuario de la Virgen en España? La lista de los errores de apreciación, de información, de expresión, etc., se haría interminable. Que nadie piense que va a aprender algo serio sobre la religión y las religiones visitando esta exposición o leyendo su catálogo. Se encontrará, más bien, con un muestrario de los errores que se derivan de un método equivocado para acceder al hecho religioso sobre la base de una razón estrechada que se tiene a sí misma por universal.

La cuestión de la guerra y de la violencia de real o supuesta raíz religiosa es uno de los temas que más preocupa hoy, por razones obvias. Y es, tal vez, el motivo más importante de la nueva inquietud ante la religión, a la que algunos daban ya por caducada o domesticada. Es, no cabe duda, una cuestión seria. Pero no puede ser afrontada como lo hace la exposición del «Museo de Europa», que incurre, de nuevo, en un error evidente. Sorprende, ante todo, la afirmación categórica de que las religiones monoteístas son «necesariamente portadoras de guerra». ¿Quieren decir realmente esto los autores del catálogo? Sería gravísimo. La consecuencia que habría que extraer de tal imputación sería la obligación moral de acabar con tales religiones, tumores dañinos que habría que extirpar por la salud de la Humanidad. Pero el rigor intelectual -ya lo hemos dicho- no es precisamente una característica de este montaje propagandístico. Porque resulta que, al parecer, también las religiones monoteístas pueden ser liberadas de «su mensaje guerrero» por la razón laica (educación cívica, ley laica). Lo que pasa es que, en la misma página se reconoce que «se ha matado mucho más en nombre de ideologías seculares: la Clase, la Raza, el Partido o el Pueblo», que a causa de las religiones monoteístas. Entonces, si los totalitarismos seculares, es decir, laicistas, son el fenómeno más violento que se pueda recordar, ¿cómo es posible que la razón laica-laicista («únicamente el laicismo es garante de una lógica democrática») sea presentada como la solución al problema de la violencia religiosa, siendo ella misma más violenta todavía?

La solución a las patologías de la religión no puede venir de una razón antirreligiosa. De ésta han venido, más bien las mayores tragedias experimentadas por la Humanidad. Tanto la fe como la razón pueden sufrir patologías destructivas que han de ser conjuradas en el diálogo verdadero entre ambas. Pero ese diálogo sólo es posible entre una fe abierta a la razón, por un lado, y una razón abierta a la fe, por el otro. El tipo de razón que guía la exposición que ahora tenemos en Madrid no es precisamente de esta última clase. Lamentablemente es una ocasión perdida para un planteamiento verdaderamente constructivo del problema.

Lo triste del caso es que no se trata de una iniciativa privada. La exposición está patrocinada y publicitada por el Ministerio de Asuntos Exteriores y también por el Ayuntamiento de Madrid. Repetimos: no juzgamos intenciones. Constatamos un grave error, que nos preocupa tanto más cuanto que va acompañado de la promoción de unas políticas poco amistosas respecto de la Iglesia Católica. Sobre la base de datos simplemente falsos -aunque repetidos en ámbitos ideológicos cercanos al Gobierno- se interpretan los actuales Acuerdos entre la Iglesia y el Estado como una «relación privilegiada» (43s). Además se acusa a la Iglesia de interferir indebidamente en el proceso legislativo y en la toma de decisiones políticas en España (168).

Hay razones para temer los excesos tanto de la fe como de la razón. No hay razón ninguna para asustarse ni de la religión ni de la razón en cuanto tales. La equivocación histórica de cierta pseudoilustración ha sido la sospecha sistemática ejercida contra la religión, considerada como un producto aberrante de las culturas -en definitiva, de la mente humana- del que sería posible y necesario liberar a la Humanidad. Esta concepción negativa de la religión está presente en este montaje propagandístico. Por eso no será capaz de aportar impulso alguno para la convivencia entre las personas y entre las religiones. No es verdad que «los dioses proponen y los hombres disponen» (95). Es el error de base de la Exposición. No es tan fácil corregirle la plana a la sabiduría popular que, entre nosotros, dice más bien que «el hombre propone y Dios dispone». No está bien tratar de degradar a Dios a un objeto a disposición de la mente y de la voluntad humanas. Él no puede ser «empleado» de ninguna manera. El Dios vivo y verdadero es el único Señor. No hay otro modo razonable de pensar que nos hallemos bajo el poder del Amor y de la Razón.

*Secretario General de la Conferencia Episcopal Española

(palabras en italiano)
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