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Vivir como si Dios no estuviera
Los católicos y la batalla por la hegemonía

Il Foglio
1.2.2007

Giancarlo Cesana


La pasada Navidad, Julián Carrón denunciaba en la prensa española la gran confusión que domina nuestra sociedad. Me parece difícil no estar de acuerdo. A menudo circulan opiniones diferentes e incluso opuestas acerca de cuestiones que no son secundarias, sino más bien esenciales: la vida, el amor, el sexo, la familia, la educación y muchas más.

Siempre ha habido puntos de vista diferentes, pero algunos eran minoritarios respecto de otros que la mayoría de la sociedad civil compartía, aunque ésta sufriera enfrentamientos políticos e ideológicos más violentos aún que los actuales. Hoy día, estas opiniones divergentes pretenden tener igual valor todas, ser trasversales –así se dice– con respecto a un pueblo que, habiendo perdido el norte, se encamina hacia las soluciones más fáciles para permitir –como se suele decir– que cada uno haga lo que quiera sin molestar a los demás.

La confusión se ha convertido en alimento cotidiano de las mentes débiles y de las modas, una especie de juego en el que conviven alegremente las diversas opiniones  pueden intercambiarse sin traumas ni remordimientos. Cuando en mis clases de Historia de la Medicina hago ciertas afirmaciones, por ejemplo sobre el valor fundamental de la vida, y pregunto a los estudiantes qué piensan, aparte del incómodo silencio, la respuesta más frecuente no es de aprobación o negación, sino: «cada cual puede pensar como quiera».

Hace años participé en una memorable comida con don Giussani y Emilio Komar, exiliado esloveno en Buenos Aires e insigne profesor de filosofía neotomista, recientemente desaparecido. Komar estaba seriamente preocupado por la moderna adicción a la confusión. Para poner en evidencia sus daños y la necesidad de combatirla, la describía aproximadamente así: «Una gran cazuela donde se mete champagne rosé, vino Burdeos, petróleo, orina de ratón, y después se bebe». La sensación de asco me dura todavía.

Hace falta combatir la confusión, ¿pero cómo? ¿Cómo restablecer e identificar las pocas grandes ideas que, con la debida amplitud, constituyen un cauce por donde puede pasar la vida de una sociedad sana? Está claro que la guerra civil no es ninguna solución. Como sostenía Gramsci, fascinando a nuestros intelectuales, y no sólo a los comunistas, ¿hay que conquistar una hegemonía cultural, imponiendo un pensamiento “fuerte” capaz de prevalecer sobre todos los demás? ¿Nos lanzamos así a batallas para defender ciertas ideas con artículos, manifestaciones y recogidas de firmas autorizadas? Es interesante destacar que estas iniciativas llegan a afirmar y difundir algunas ideas, pero no otras. ¿Por qué? A pesar de la clara abstención en el referéndum sobre la Ley 40, que parece confirmar la naturaleza “católica” del pueblo italiano, sobre esta misma ley y sobre la legalización de las parejas de hecho y la eutanasia, el pensamiento dominante que se difunde a través de editorialistas, científicos, actores, intelectuales y analistas, es precisamente el contrario.

Muchos animan a los católicos a entrar en esa pugna, implicando a sus intelectuales, si es que existen. Los así llamados “católicos comprometidos” se enfadan y se desaniman: la hegemonía no parece estar a su alcance.

¿Por qué las ideas “católicas” no enganchan? Una idea, para ser hegemónica, precisa de una connivencia con el poder; si no con el poder político y cultural, respecto del cual se declara en oposición, sí al menos con el poder que reside en las conciencias y que presume de total autonomía. Las batallas radicales, que resultan tan eficaces, se aprovechan de este poder. Es este el motivo antropológico de tanta rebeldía que, por increíble que parezca, acomuna a la joven en paro y a los ocupas, con la top model millonaria. Las tendencias hegemónicas se caracterizan no sólo por perjudicar a quienes están arriba, sino también por impedir que quienes están abajo mejoren su situación, y lindan siempre con la violencia como moneda de cambio. Así fue en el 68 y en Tangentópolis, los dos fenómenos hegemónicos que he visto en directo. Ambos alcanzaron un consenso casi generalizado que conllevó la sustitución de las clases dirigentes y la expulsión con métodos violentos, no sólo moralmente hablando, de quienes disentían. En este sentido, la hegemonía no es una lucha pacífica en pos de una superioridad intelectual; es una reacción sustancialmente igual al poder que se ataca.

Las ideas que más fácilmente se convierten en hegemónicas son las que no cuentan, por parte de quienes las defienden, con el sacrificio o la renuncia al poder de control sobre la realidad. Para imponerse requieren sacrificios, pero éstos se sufren o se exigen con la pretensión de eliminarlos después. El comunismo fue un ejemplo formidable en este sentido. Trató de realizarse mediante sacrificios terribles para quienes los sufrieron, pero con la ilusión de una futura sociedad perfecta de hombres iguales y satisfechos. En esto encontró y todavía encuentra a quienes lo aprueban.

Ahora bien, la reivindicación –llamémosla así– de valores cristianos no puede corresponder al sueño hegemónico. Reivindica valores que para ser vividos requieren sacrificio. Cuántas veces he recordado el Papa que ser cristianos es una experiencia de alegría, pero de una alegría “anómala”, fruto no de la afirmación de sí, sino de la afirmación de otro, de Dios, de aquél que, creando la realidad, es el único que conoce verdaderamente su estructura y posee sus reglas. Si el hombre se inclina a las reglas de Dios, vive mejor, está más contento, pero antes debe inclinarse. Esta condición se puede reconocer fácilmente, pero para ser acogida necesita una pureza ideal del todo excepcional. De hecho, no es difícil reconocer la gran humanidad de quien ayuda a los necesitados, de quien ama para toda la vida, de quien respeta el orden natural. Todos admiran a san Francisco, y al mismo tiempo piensan que vivir como él es imposible: demasiado sacrifico y demasiada obediencia. En cambio, san Francisco constituye la demostración de que es posible vivir así, parafraseando el título de un libro de don Giussani que aconsejo a todos (¿Se puede vivir así?). Sólo que una vida así no se aprende sustancialmente con los debates en la prensa o la televisión.

Dios no ha comunicado al hombre el sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte a través de definiciones. Ha hablado, ciertamente, pero haciéndose carne, compartiendo la vida, el sufrimiento y la muerte. Desde el punto de vista de la hegemonía, como dijo recientemente el Papa a los obispos suizos, “ha fracasado”, no ha tomado el poder, no ha solucionado todo: ha respetado la libertad del hombre mendigando su colaboración. Ha confiado su victoria, la resurrección, al testimonio de sus seguidores, pocos, sin instrucción y sin poderes mundanos.

Los cristianos –esto es, la Iglesia– no pueden más que anunciar este mensaje y practicar este método, cuya popularidad, hasta llegar por ejemplo a la supremacía medieval, ha sido posible por la conciencia, hoy ofuscada, de que razón y voluntad no son omnipotentes. La pretensión hegemónica es ajena a la acción de los cristianos. A veces caen en ello, pero se convierten así en ajenos a sí mismos e insoportables para los demás. Insoportables como los demás. Porque el problema no está en planear estrategias, sino en pretender que éstas sean lo que cambia el mundo, en poner la esperanza en lograr una hegemonía cultural o social.

Dicho esto, no significa que a los cristianos no les guste ganar elecciones o defender su cultura y obras, o que no quieran promover una sociedad que cuente con sus valores –“La fe sin obras está muerta” (St 2,17)–. Los cristianos no pueden apartarse de la historia, no llevar a cabo sus opciones, mantenerse al margen de las contradicciones y las guerras, sufridas y declaradas. Al contrario de los no creyentes, a los que el Papa invitó a vivir como si Dios existiera, los cristianos no pueden esconderse detrás de Dios como detrás de una excusa, deben participar activamente en la vida del mundo como si Dios no estuviera, pero sabiendo que está y que es el único capaz de desvelar y cumplir el sentido de todo. La primera evidencia del hombre de fe es de hecho la conciencia de su propio límite y del de los demás, la conciencia de que no hay hegemonía que pueda realizar aquello que la libertad no puede y no quiere. ¡Que ninguna hegemonía prevalezca sobre la libertad!

(palabras en italiano)
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