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Gabriel Albiac
Contra la igualdad
La Razón, 18.4.2008


Ministerio de la igualdad. A imagen de los orwellianos ministerios de la verdad y la paz. O a imagen de Camboya.

Iguales son los derechos. No los hombres. Iguales son las leyes. Y el lazo constrictivo que ata a todo ciudadano a su imperio. Pero nunca lo son los individuos. «Individuo» quiere decir «distinto».
Es casi milagroso que el abad de Sieyès diera con la clave del problema en el instante mismo en que nace la paradoja: Asamblea Constituyente, 21 de julio de 1789, justo una semana después de cruzada la raya de la revolución francesa. ¿De qué hablamos, cuando hablamos de «igualdad» en política? Porque, desde Platón, el pensamiento occidental se asienta sobre un básico hallazgo: que lo igual no es sino el modo de reducir lingüísticamente lo distinto. Reducción sin la cual, hablar sería imposible. Lo igual sólo se dice de lo diferente; lo mismo, de lo otro. También desde Platón, todo hombre culto sabe -o debería- que no hay más uso no analógico del término «igualdad» que el propio a las relaciones formales de matemática o lógica. Fuera de ellas, «igualdad» es metáfora.
La igualdad política moderna, esa cuyas bases el abad de Sieyès asienta en el verano de 1789, es una refinada ficción jurídica. Nada dice de los reales individuos. Muy al contrario. Es la irreductible desigualdad entre ellos la que fuerza a que la ley imponga su regulación idéntica: «La naturaleza hace fuertes y débiles, colma a unos con la inteligencia que a otros niega. Síguese de ahí que entre ellos habrá desigualdad de trabajo, desigualdad de producto, desigualdad de consumo o de goce; pero no que pueda haber desigualdad de derechos». La ley no iguala -no puede ni plantearse tamaño disparate- la realidad material de esos que son humanos sólo en tanto que distintos. Sería un contrasentido metafísico. El derecho regula los conflictos de lo ya existente. Y busca atemperarlos. Sólo un despotismo en el límite mismo del delirio puede soñar en crear realidad legislando.
Para velar por la igual aplicación de las leyes está el poder judicial, en un sistema democrático. Como para elaborarlas, el legislativo. Al poder ejecutivo debería bastarle con no interferir el autónomo funcionamiento de ambos, que es la única garantía firme de que la fuerza de unos no aniquile a los otros o los haga siervos. La tentación de decretar gubernamentalmente quiénes sean los «iguales» con cuyo canon es fuerza identificarse a todos, constituye uno de los arquetipos mayores de los modelos totalitarios: de nazismo como de stalinismo. Y un «ministerio de la igualdad» sólo tiene cabida lógica en la utopía homicida que retrata George Orwell. Como un «ministerio de la verdad». O «del amor», o «de la paz». O como ese «ministerio de los afectos», camino del cual va el mixto «ministerio de educación y asuntos sociales» («educación y descanso» en jerga más convincentemente franquista).
Ministerio de Igualdad. En Camboya, los khmer rojos abordaron el paso al acto de la utopía igualitaria. Y lo consumaron. Todo distinto sobraba. Empezando por la distinción que saber leer o escribir traza. Y esos no-iguales fueron liquidados por bandas de muy idénticos adolescentes iletrados. Iguales. En la ignorancia. Que es decir en la barbarie.


(palabras en italiano)
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