Fernando De Haro
Una nueva laicidad
Entrevista a mons. Angelo Scola, Patriarca de Venecia, realizada para Poular Televisión
Paginas Digital, 13.12.2007
Para esta nueva laicidad de la que usted habla, es necesario que el Estado no sea laicista, sino que sea laico, pero también es necesario que los católicos, por ejemplo, reconozcan que su fe no es sólo un fenómeno privado. A menudo, el problema no está sólo en el Estado, también está en el modo que tienen los católicos de entender cuál es su fe.
Es muy importante. Y es algo intrínseco a la fe. La propuesta de Cristo es a la persona, y la persona siempre está inmersa en relaciones. Del mismo modo, Jesús estableció que su presencia en el mundo pasara por la comunidad que tendría su raíz en el hecho eucarístico. Por eso, es necesario desarrollar todas las implicaciones que están contenidas en los misterios de la fe. Lo que pasa hoy es que, por una parte, hay en el mundo católico una tendencia que puede ser peligrosa, y es la de reducir la propuesta del acontecimiento cristiano a una simple religión civil. Pero por otro lado, hay una tendencia opuesta a decir que es suficiente con el anuncio de la cruz, y después cada persona puede actuar como desea. Yo creo que la verdadera postura católica está en una propuesta integral del acontecimiento de Cristo, que anuncia todos los misterios de la vida cristiana, pero también sus implicaciones antropológicas, sociales y cosmológicas. Es decir, todos los temas del matrimonio, de la vida, de la familia, del dolor, del sufrimiento, de la muerte, de lo que pasa después de la vida, de la justicia, del mercado, de la paz… Todo eso está implicado. Evidentemente, hay que hacer distinciones, y el ciudadano católico tiene que aceptar la existencia de una sociedad plural, dentro de la cual debe proponer sus ideales de vida. Y después, entrar en confrontación con los otros. Pero el poder estatal tiene el deber de registrar la tradición prevalente en un pueblo.
Desde hace tres años y medio, en España se está practicando por parte del Gobierno una política que muchos católicos consideran contraria a lo que antes se llamaba la ley natural. En estas circunstancias, ¿qué pueden hacer los católicos, además de protestar contra esta política? ¿Cuál podría ser una reacción sostenida en el tiempo, calmada, que pudiera incidir, por ejemplo en cuestiones relacionadas con la educación?
No sólo es justo, sino un deber, reaccionar frente a un poder que toma esta posición. Porque deja de ser verdaderamente laico, no escucha verdaderamente a la base popular que, por lo que respecta a los católicos, se refiere al bien común de la ley natural. Por otro lado, es muy importante una acción continua de los católicos para que la dimensión pública de la fe y las dimensiones esenciales de la fe, como las que conciernen a la ley natural, sean objeto de propuesta, y también si es necesario de dialéctica, dentro de una sociedad. Una sociedad en la que, evidentemente, los católicos deberán aceptar los procedimientos típicos de una democracia.
Usted insiste mucho en su libro sobre la importancia del testimonio, de la categoría del testimonio. Es una aportación que muchas veces se contradice con quien piensa que en realidad el catolicismo en la sociedad europea sigue siendo hegemónico, natural, está dormido y simplemente se trata de despertarlo. Sin embargo, usted, en vez de reivindicar esta hegemonía natural, insiste sobre todo en la necesidad de la experiencia, del testimonio, ¿por qué?
El catolicismo es, por su naturaleza, testimonio. Es decir, es propuesta a una libertad. Lo ha hecho antes que todos Jesús. Fue a la cruz como testigo. Y el testimonio, por su naturaleza, no puede ser hegemónico, porque es siempre propuesta. El problema es no confundir el testimonio con una banal actitud práctica de autocoherencia. El testimonio es tener el pensamiento de Cristo, como dice Pablo. Es proponer como deber, dentro de un pueblo, los ideales y los valores que conectan con el sentido de la vida que fue de Jesucristo. Esto es muy importante, por ejemplo, en lo que concierne al matrimonio, la familia, la muerte… y no son simplemente valores optativos sino criterios de vida, y los católicos tienen el deber de testimoniarlos.
Desde que, hace algo más de un año, el Papa propuso en Ratisbona el diálogo con el Islam, ha habido hechos importantes. Por ejemplo, 138 líderes religiosos musulmanes han contestado a esa iniciativa del Papa. ¿Es posible el diálogo con el Islam? ¿Cómo?
Es inevitable. Nosotros católicos, sobre todo, pero no sólo; nosotros europeos tenemos la necesidad de volver a las cosas como son, de ser realistas. En pocos años, millones de musulmanes han venido aquí, atravesamos una crisis demográfica terrible en Europa, los musulmanes van a aumentar muchísimo su presencia en los próximos años, es un proceso de mestizaje en acto, y tenemos que confrontarnos con ellos. Con realismo, distinguiendo muy bien los diferentes sujetos y las diferentes tareas de cada uno, no tenemos, según mi opinión, otra vía que la del diálogo. Una cosa es el diálogo por la Iglesia; otra, el diálogo por el Estado; y otra, por la sociedad civil. No es una tarea fácil, será muy dolorosa.
Habla usted de mestizaje. En Naciones Unidas, en una conferencia que pronunció hace unos meses, dijo que el mestizaje puede ser un valor positivo. ¿Por qué puede ser un valor positivo, por qué el mestizaje no es necesariamente la negación de la identidad europea?
Yo hablo del mestizaje como de un proceso que ya está en acto, no como de un ideal que debe realizarse, sino como un fenómeno al que nos enfrentamos. Y tenemos que afrontarlo críticamente. Ante todo, tenemos que conocer el Islam, y tenemos que intentarlo, como hacemos con la revista Oasis en Venecia, escuchando muchísimo lo que piensan los cristianos que viven en países de mayoría musulmana. Porque tienen una experiencia, la lengua común… una conciencia del fenómeno más profunda que la nuestra. Y los europeos debemos aprender lo que es el Islam y valorar con realismo y prudencia todo lo que es positivo, y pedir a nuestros políticos y gobiernos que actúen con una política rigurosa de respeto de nuestros pueblos, de las tradiciones, de una tolerancia equilibrada, que sea capaz también de utilizar medios coercitivos cuando nos encontremos con la intolerancia… Es un trabajo muy lento. Y me parece que el proceso de mestizaje es, como la palabra indica, algo muy doloroso, que va a llevar tiempo y sacrificio. Por esta razón, es absolutamente necesario que los pueblos europeos se regeneren y tomen fuerza en la geopolítica mundial actual.
A menudo se ha entendido que la modernidad científica, filosófica, cultural, iba contra el catolicismo. ¿Cómo se puede vivir la fe de manera que no se entienda esta fe como una realidad que se opone, que está siempre contra la modernidad? ¿Cómo se puede vivir esa fe a favor de la modernidad, dialogando con ella, ofreciendo respuestas positivas?
Yo creo que ahora estamos viviendo en una época postmoderna, que es algo diferente a la modernidad. Las dos categorías fundamentales del postmoderno son felicidad y libertad. La modernidad tenía otras categorías como las más importantes: verdad y justicia. Si nosotros, católicos, meditamos un poco sobre el Evangelio, vemos que Jesús dice: “si tú quieres ser feliz, sígueme, y tú serás verdaderamente libre”. Hay una consonancia directa entre las instancias profundas del ciudadano postmoderno y el Evangelio, es impresionante. Los cristianos, hoy en día, tienen que proponer cómo el seguimiento de Cristo realiza al hombre, lo cumple, es conveniente para el hombre y para la comunidad, y lo hace verdaderamente libre. Necesitamos que nuestras parroquias, nuestras asociaciones, movimientos, grupos, se pongan con un actitud dinámica dentro de la vida, entre la gente, y que con los afectos y con el trabajo testimonien la gran novedad, la belleza del hecho cristiano. Debe hacerse en una confrontación equilibrada, pública y propositiva con todos, en todos los ambientes de la existencia humana.
En España se está impartiendo ya una asignatura que se llama Educación para la Ciudadanía que quiere imponer una moral de Estado. ¿Cuál es su valoración?
No conozco bien la ley, lo que me hace muy difícil pronunciarme. Lo que me parece claro es que ningún gobierno puede pretender imponer a través de una educación a la ciudadanía una visión del mundo, porque sería un gobierno ético, y no laico.