Bill Congdon
«Nada acaba, todo inicia»
A diez años de la desaparición del gran pintor americano, hemos pedido al critico de arte que compartió con él vida y trabajo que recorra la historia de una amistad nacida a inicios de los años sesenta y madurada entrecruzando el arte con la verdad. Para «perforar la corteza de la apariencia»
de Rodolfo Balzarotti
Todo inició para mí en Milán, una tarde de febrero del 1962. Entonces yo era un alumno de segunda clase de instituto. Tímido e introvertido como muchos compañeros míos, seriamente ateo, anticlerical con un cierto exhibicionismo, rígido en un positivismo inoxidable, pero enamorado de la pintura (hacía garabatos y pintaba durante el tiempo libre y a menudo me sumergía en monografías de arte). Un par de veces se me habían acercado los chicos de GS de mi instituto. Incluso había participado a uno de sus "raggi". Me parecían un poco chalados. Pero te desarmaban (¡¡«¿eres feliz?»!!). Entonces aquella mañana de febrero, en el instituto: «Hoy un pintor americano famoso viene para hablar de su conversión. A lo mejor te interesa, ¿tu no eres uno que entiendes de arte?». Pico el anzuelo.
La realidad es signo
Por la tarde, me encuentro en el aula magna de la Universidad Católica repleta de estudiantes. Sube a la mesa presidencial un cura de voz ronca y tonante que recuerda la importancia de este encuentro: escucharemos a un famoso pintor americano del cual incluso han escrito Jacques Maritain y Thomas Merton (¿y quién los conoce?, me digo). Después sube él, William Congdon, un atractivo americano de unos 50 años. A él las canas ya le daban un aire noble, al menos para nosotros, estudiantes. Empieza a leer su discurso con una voz aparentemente monótona, con el típico acento anglosajón. Sin embargo, poco a poco la voz se convierte en un canto, un canto en el sentido épico de la palabra. El suyo no es un discurso, es una narración: de guerra y de campos de exterminio, de negras metrópolis en cuyo magma se hunde un disco solar color sangre; de desierto y de islas de muerte, de buitres y de lunas hipnóticas en el vacío de la noche. Es decir, imágenes. No recuerdo casi nada, pero creo que escuché transportado desde la primera broma. Esa historia me daba la razón, la razón de mi confusa y un poco autista infatuación por el arte: la realidad es realidad, se hace realidad, cuando es signo. Y con esto, se hacía un paso decisivo en la comprensión de la vida, de mí, de mi destino. Hoy, diríamos que aquel testimonio me “abrió la razón” y me introdujo a la fe. El hecho es que salí del aula completamente cambiado, frente al desconcierto alegre de los “giessini”.
El “grupo artístico”
Tras entrar en Gs, descubro que entre tantas iniciativas y grupos existe también “grupo artístico”, puesto que todos los intereses deben ser valorizados a la luz del encuentro con Cristo. Aquí conozco Sante Bagnoli, el alma y la mente del grupo, que comparte conmigo la pasión por el arte, sobretodo por el arte contemporáneo. Para nosotros es un desafío bello: por muy lejano de la Iglesia que esté, éste no puede no ser testigo del hombre y de su sentido religioso. A partir de aquí surgen discusiones sobre Matisse y la capilla de Vence, sobre la iglesia de Le Corbusier a Ronchamp, sobre el Evangelio de Mateo de Pasolini y muchas más. Pero detrás y junto a Sante está Paolo Mangini, un distinguido señor genovés (una docena de años mayor que nosotros, es decir un “adulto”): es él quien, de la Ciudadela de Asís, lleva a Congdon a conocer el movimiento y a don Giussani. Es él quien, de acuerdo con éste último, decide poner las bases de una forma adulta a este movimiento que, hacia la mitad de los años 60, todavía está formado en gran parte por estudiantes de bachillerato. Y es él quien intuye en Sante el talento y la audacia de arriesgar en mar abierto de la cultura del mundo las intuiciones florecidas en la experiencia de Gs.
Las lunas de Subiaco
Envidio mucho la intimidad con Bill de la que goza Sante, que yo en cambio, observo desde lejos, sin atreverme a acercarme demasiado, durante los tres días de Varigotti, rodeado siempre de un grupo de giessini, maravillados por este “anciano” señor extranjero, rico de un pasado de gran artista, esté allí con ellos, sentado como un colegial, tomando apuntes en las lecciones de don Gius. Después de algunos años tengo la ocasión de acompañar a un amigo a Subiaco, a la ermita del Beato Lorenzo, adosada a las rocas que caen a pico sobre el valle de Aniene. Aquí Paolo ha creado un estudio para Bill y un hotelito donde pequeños grupos del movimiento pueden pasar periodos de retiro o de vacaciones. Aquí se hacen los retiros de lo que empieza a llamarse “Grupo Adulto”, los futuros Memores Domini. Por la noche, antes de ir a dormir, después de recitar completas, observamos juntos las magníficas lunas que surgen sobre el valle. Bill habla de ellas: las está pintando, es uno de sus mejores periodos de pintura tras años de crisis. De vez en cuando Sante sube al estudio para ver el cuadro que acaba de terminar. A mí me recuerda casi a Moisés que sube al monte Sinaí. Hasta que un día Paolo, que me observa desde hace un tiempo, me sugiere que yo también suba con Sante a ver el nuevo “hijo” (como Congdon llama a sus cuadros). Bill repite siempre que no es él el que hace el cuadro, sino que «es el cuadro el que me hace a mí», que el cuadro es un evento, y tal debe ser también para el observador. Sobretodo que el cuadro no es «bello» o «feo», sino que «es» o «no es». En definitiva, es una cuestión de verdad, no de estética. Es cuestión de la verdad, de la totalidad con la cual el pintor ha mirado las cosas, la realidad. Para estar frente a un cuadro, es necesario liberarse de prejuicios y de esquemas intelectuales, sobretodo de toda mundanidad. Se necesita silencio, pobreza.
Agudo sentido del humor
Superada la timidez del inicio, descubro que Bill es una persona de extraordinaria simplicidad y de un agudo sentido del humor, se ríe sobre todo de sí mismo («mi casa y la de Winston Churchill», dice cada vez que pasa delante de la puerta de un lavabo). Vive come un solitario, pero a menudo enciende la radio (siempre la BBC) para escuchar las noticias del mundo: no existe drama, no existe tragedia que no sienta como propias, de las cuales no sienta, en cierto sentido, la responsabilidad. No en sentido moralista: frente al mal simplemente hay que afirmar el bien tal y como Dios te da la posibilidad de hacerlo; en su caso, pintando, es decir reafirmando, como decía siempre, «la positividad del ser». Con el tempo también he conocido sus debilidades, sus fragilidades, sus obsesiones y sus manías, de las cuales era tan consciente que se refería a sí mismo con la expresión «el pobre de mí». Sobre todo esto vencía su desarmante certeza de que todo es Cristo, que la realidad es verdaderamente Cristo, que Cristo es ineludible, es decir es el Destino. «Nada acaba, todo inicia», dijo una vez a un primo que lloraba por la muerte de su hermana, para ambos muy querida. Sus ojos claros tenían una extraña intensidad que parecía realmente perforar la corteza de la apariencia. Así todo inicia realmente, incluso después del 15 de abril del 1998, cuando, habiendo entrado en su estudio, nos encontramos frente a su último cuadro, recién terminado, todavía en el caballete.
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De los USA a la"bassa"
William Grosvenor Congdon nace en Providence (Rhode Island) en el 1912. En 1934 se gradúa en la Universidad de Yale. Entre el 1934 y el 1939 estudia pintura con Henry Hensche en Provincetown y sucesivamente escultura, en Boston, con George Demetrios. Del 1942 al 1945 es conductor voluntario en el American Field Service y participa en tres campañas militares, en África, en Italia y en Alemania donde colabora en la operación de socorro en el campo de concentración de Bergen Belsen. Después de la guerra trabaja para la reconstrucción de los pueblos destruidos de la zona de Molise. De retorno en los Usa, en 1948 se traslada a Nueva York y comienza a exponer como pintor en la Betty Parsons Gallery, junto a otros artistas de la naciente Action painting. Desde 1950 Venecia se convierte en su demora habitual y su principal fuente de inspiración. Sus obras, mientras tanto, despiertan un notable interés en la crítica y en el público. Hacia la mitad de los años 50 frecuentes viajes lo llevan al norte de África, a París, a Grecia, a Oriente próximo y en América Latina, hasta que, en 1959, se convierte, en Asís, a la Iglesia católica.
Del 1960 al 1979 vive y trabaja en Asís, ya profundamente inserido en un contexto comunitario y de rigurosa dirección espiritual, sobretodo después del encuentro, en 1961, con don Luigi Giussani. Con el pasar de los años recupera su vena creativa más autentica, la pintura de vistas y paisajes, pero no renuncia al tema religioso que sin embargo, ahora ya para él se identifica con el sujeto de Cristo crucificado, pintado en numerosísimas versiones – algunas de las cuales de estrepitosa novedad- entre 1960 y 1980. Una segunda estación de viajes - en África, India, América Latina y Cercano Oriente – se produce en los años 70, inspirándole numerosas series de vistas y paisajes que contribuyen a renovar la forma y el color de su pintura. Es siempre muy rica, en este periodo, su producción escrita, en su mayoría centrada sobre el problema de la relación arte-fe, así como sus intervenciones públicas, conferencias, seminarios, testimonios, que encuentran un público atento e interesado sobretodo entre los jóvenes.
Intensas también las lecturas espirituales: además de Maritain, descubre a Guardini, Evdokimov, al teólogo ortodoxo Olivier Clément y los escritos de Hans Urs von Balthasar. Con estos últimos tendrá encuentros memorables, a inicios de los años 80.
La última etapa de su vida coincide con su estancia en el campo milanés, en Gudo Gambaredo, donde se establece en el 1979 y donde muere el 15 de abril de 1998, el día en que cumplía 86 años. En este periodo se hace más intensa su participación a una vida de fraternidad religiosa: su habitación-estudio está en un ala del monasterio benedictino de los Santos Pedro y Pablo y mantiene una relación constante con la casa de los Memores Domini de Gudo Gambaredo. Cesan los viajes y su pintura experimenta un cambio radical en contacto con el paisaje desnudo, pero plácido de los campos de la Bassa lombarda. |