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Benedicto XI
Navidad: ese silencio de Dios...
Alfa y Omega, 20.12.2007


La bendición de Navidad. Meditaciones es el título de un espléndido libro, de Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, que acaba de publicar Herder Editorial. Barcelona 2007. Tiene 128 páginas y 22 ilustraciones en color; y cuesta 11,80 euros. Por gentileza de la editorial, que agradecemos sinceramente, ofrecemos unos párrafos escogidos de estas páginas:

La Navidad nos llama a entrar en ese silencio de Dios, y su misterio permanece oculto a tantas personas porque no pueden encontrar el silencio en el que actúa Dios. ¿Cómo encontramos ese silencio? El mero callar no lo crea. En efecto, un hombre puede callar exteriormente, pero estar al mismo tiempo totalmente desgarrado por el desasosiego de las cosas. Alguien puede callar, pero tener muchísimo ruido en su interior.

Hacer silencio significa encontrar un nuevo orden interior. Significa pensar no sólo en las cosas que se pueden exponer y mostrar. Significa mirar no sólo hacia aquello que tiene vigencia y valor de mercado entre los hombres. Silencio significa desarrollar los sentidos interiores, el sentido de la conciencia, el sentido de lo eterno en nosotros, la capacidad de escucha frente a Dios.

El primer cántico navideño de la Historia, con el que se fijó para todos los tiempos el sonido interior de la Navidad, no proviene de seres humanos. San Lucas nos lo transmite como el cántico de los ángeles que fueron los evangelistas de la Nochebuena: gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres objeto de su amor, a los hombres de buena voluntad.

La paz que proviene de la gloria de Dios

Este cántico establece un criterio, nos ayuda a entender de qué trata la Navidad. Contiene un término clave que, justamente en nuestro tiempo, mueve a los seres humanos como casi ningún otro: la paz. La palabra bíblica salom, que traducimos de ese modo, dice mucho más que la mera ausencia de guerra: afirma el recto estado de los asuntos humanos, el estado de salvación: un mundo en el que reinen la confianza y la hermandad, en el que no haya temor ni carencias, ni insidias ni mendacidad. En la tierra paz: ése es el objetivo de la Navidad.

En Navidad no celebramos el día del nacimiento de un gran hombre cualquiera como los hay tantos. Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia.

Si no tuviéramos otra cosa que celebrar más que el idilio del nacimiento y del ser niño, al final no nos quedaría idilio alguno. Al final sólo nos queda el eterno morir y devenir, y se puede preguntar si el nacer no es propiamente algo triste, puesto que, al fin y al cabo, no conduce sino a la muerte. Por eso es tan importante que, aquí, haya sucedido algo más: La Palabra se hizo carne.

«Este niño es Hijo de Dios», nos dice uno de nuestros antiguos y hermosos cánticos navideños. Aquí ha sucedido lo tremendo, lo inimaginable y, sin embargo, al mismo tiempo lo siempre esperado, y hasta lo necesario: Dios ha venido a nosotros. Se ha unido al hombre de forma tan indisoluble que ese hombre es verdaderamente Dios de Dios, Luz de Luz, y sigue siendo verdadero hombre.


(palabras en italiano)
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