MENSAJE URBI ET ORBI DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
PASCUA 2008
Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia! He resucitado, estoy siempre contigo. ¡Aleluya! Queridos hermanos y hermanas,
Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: es el
anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud.
“Resurrexi et adhuc tecum sum”. “He resucitado y aún y siempre estoy contigo”. Estas palabras, entresacadas de
una antigua versión del Salmo 138 (v.18b), resuenan al comienzo de la Santa Misa de hoy. En ellas, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, colmado de
felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He
resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha
abandonado nunca. Así también podemos comprender de modo nuevo otras expresiones
del Salmo: “Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí
te encuentro...Por que ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como
el día; para ti las tinieblas son como luz” (Sal 138, 8.12). Es verdad:
en la solemne vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche
cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del Verbo de
Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor
que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el
curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a la
vida del hombre.
“He resucitado y estoy aún y siempre contigo”. Estas palabras nos
invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar en nuestro corazón su
voz. Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de
Dios, de modo que ahora podemos introducirnos también nosotros en el diálogo
misterioso entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus
oyentes: “Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar” (Mt 11,27). En esta perspectiva, advertimos que la afirmación
dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre, - “Estoy aún y siempre contigo” -
nos concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con
Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su
gloria (cf. Rm 8,17). Gracias a la muerte y resurrección de Cristo,
también nosotros resucitamos hoy a la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la
suya proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro
Padre infinitamente bueno y misericordioso.
Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento
sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento de
amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del
Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor del
Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo transfigurado.
Y todavía nás: amor del Padre que “vuelve a abrazar” al Hijo envolviéndolo en su
gloria; amor del Hijo que con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido
de nuestra humanidad transfigurada. Esta solemnidad, que nos hace revivir la
experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús, es un llamamiento a
convertirnos al Amor; una invitación a vivir rechazando el odio y el egoísmo y a
seguir dócilmente las huellas del Cordero inmolado por nuestra salvación, a
imitar al Redentor “manso y humilde de corazón”, que es descanso para nuestras
almas (cf. Mt 11,29).
Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres
y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el
corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y
resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada
ser humano. Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al
Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su
esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta
el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Fijando la mirada del alma en las llagas
gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del
sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a
la humanidad, también en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los
signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla al profeta:
Él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los
débiles y proclama la libertad a los esclavos, quien consuela a todos los
afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto
de alabanza en lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3). Si nos
acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al
anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con Él una
relación vital en una auténtica comunión de amor, que colme de su mismo amor
nuestra existencia y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto
la humanidad necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, “fuimos salvados” (cf. Rm 8,24)
Cuántas veces las relaciones entre personas, grupos y pueblos, están marcadas
por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia, en vez de estarlo por el
amor. Son las llagas de la humanidad, abiertas y dolientes en todos los rincones
del planeta, aunque a veces ignoradas e intencionadamente escondidas; llagas que
desgarran el alma y el cuerpo de innumerables hermanos y hermanas nuestros.
Éstas esperan obtener alivio y ser curadas por las llagas gloriosas del Señor
resucitado (cf. 1 P 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos, siguiendo
sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor, se comprometen activamente
en favor de la justicia y difunden en su alrededor signos luminosos de esperanza
en los lugares ensangrentados por los conflictos y dondequiera que la dignidad
de la persona humana continúe siendo denigrada y vulnerada. El anhelo es que
precisamente allí se multipliquen los testimonios de benignidad y de perdón.
Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz
deslumbrante de este Día solemne; abrámonos con sincera confianza a Cristo
resucitado, para que la fuerza renovadora del Misterio pascual se manifieste en
cada uno de nosotros, en nuestras familias y nuestros Países. Se manifieste en
todas las partes del mundo. No podemos dejar de pensar en este momento, de modo
particular, en algunas regiones africanas, como Dafur y Somalia, en el
martirizado Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, en Irak, en Líbano y,
finalmente, en Tibet, regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones
que salvaguarden el bien y la paz. Invoquemos la plenitud de los dones pascuales
por intercesión de María que, tras haber compartido los sufrimientos de la
Pasión y crucifixión de su Hijo inocente, ha experimentado también la alegría
inefable de su resurrección. Que, al estar asociada a la gloria de Cristo, sea
Ella quien nos proteja y nos guíe por el camino de la solidaridad fraterna y de
la paz. Éstos son mis anhelos pascuales, que transmito a los que estáis aquí
presentes y a los hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con
nosotros a través de la radio y de la televisión.
¡Feliz Pascua!
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