VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
Basílica Vaticana
Sábado Santo 22
de marzo de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
En su discurso de despedida, Jesús anunció a los discípulos su inminente muerte
y resurrección con una frase misteriosa: “Me voy y vuelvo a vuestro lado” (Jn 14,28). Morir es partir. Aunque el cuerpo del difunto aún permanece, él
personalmente se marchó hacia lo desconocido y nosotros no podemos seguirlo (cf. Jn 13,36). Pero en el caso de Jesús existe una novedad única que cambia
el mundo. En nuestra muerte el partir es una cosa definitiva, no hay retorno.
Jesús, en cambio, dice de su muerte: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”.
Justamente en su irse, él regresa. Su marcha inaugura un modo totalmente nuevo y
más grande de su presencia. Con su muerte entra en el amor del Padre. Su muerte
es un acto de amor. Ahora bien, el amor es inmortal. Por este motivo su partida
se transforma en un retorno, en una forma de presencia que llega hasta lo más
profundo y no acaba nunca. En su vida terrena Jesús, como todos nosotros, estaba
sujeto a las condiciones externas de la existencia corpórea: a un determinado
lugar y a un determinado tiempo. La corporeidad pone límites a nuestra
existencia. No podemos estar contemporáneamente en dos lugares diferentes.
Nuestro tiempo está destinado a acabarse. Entre el yo y el tú está el muro de la
alteridad. Ciertamente, amando podemos entrar, de algún modo, en la existencia
del otro. Queda, sin embargo, la barrera infranqueable del ser diversos. Jesús,
en cambio, que a través del amor ha sido transformado totalmente, está libre de
tales barreras y límites. Es capaz de atravesar no sólo las puertas exteriores
cerradas, como nos narran los Evangelios (cf. Jn 20, 19). Puede atravesar
la puerta interior entre el yo y el tú, la puerta cerrada entre el ayer y el hoy,
entre el pasado y el porvenir. Cuando, en el día de su entrada solemne en
Jerusalén, un grupo de griegos pidió verlo, Jesús contestó con la parábola del
grano de trigo que, para dar mucho fruto, tiene que morir. Con eso predijo su
propio destino: no se limitó simplemente a hablar unos minutos con este o aquel
griego. A través de su Cruz, de su partida, de su muerte como el grano de trigo,
llegaría realmente a los griegos, de modo que ellos pudieran verlo y tocarlo en
la fe. Su partida se convierte en un venir en el modo universal de la presencia
del Resucitado, en el cual Él está presente ayer, hoy y siempre; en el cual
abraza todos los tiempos y todos los lugares. Ahora puede superar también el
muro de la alteridad que separa el yo del tú. Esto sucedió con Pablo, quien
describe el proceso de su conversión y Bautismo con las palabras: “vivo yo, pero
no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Mediante la llegada
del Resucitado, Pablo ha obtenido una identidad nueva. Su yo cerrado se ha
abierto. Ahora vive en comunión con Jesucristo, en el gran yo de los creyentes
que se han convertido –como él define– en “uno en Cristo” (Ga 3, 28).
Queridos amigos, se pone así de manifiesto, que las palabras misteriosas de
Jesús en el Cenáculo ahora –mediante el Bautismo– se hacen de nuevo presentes
para vosotros. Por el Bautismo el Señor entra en vuestra vida por la puerta de
vuestro corazón. Nosotros no estamos ya uno junto al otro o uno contra el otro.
Él atraviesa todas estas puertas. Ésta es la realidad del Bautismo: Él, el
Resucitado, viene, viene a vosotros y une su vida a la vuestra, introduciéndoos
en el fuego vivo de su amor. Formáis una unidad, sí, una sola cosa con Él, y de
este modo una sola cosa entre vosotros. En un primer momento esto puede parecer
muy teórico y poco realista. Pero cuanto más viváis la vida de bautizados, tanto
más podréis experimentar la verdad de esta palabra. Las personas bautizadas y
creyentes no son nunca realmente ajenas las unas para las otras. Pueden
separarnos continentes, culturas, estructuras sociales o también acontecimientos
históricos. Pero cuando nos encontramos nos conocemos en el mismo Señor, en la
misma fe, en la misma esperanza, en el mismo amor, que nos conforman. Entonces
experimentamos que el fundamento de nuestras vidas es el mismo. Experimentamos
que en lo más profundo de nosotros mismos estamos enraizados en la misma
identidad, a partir de la cual todas las diversidades exteriores, por más
grandes que sean, resultan secundarias. Los creyentes no son nunca totalmente
extraños el uno para el otro. Estamos en comunión a causa de nuestra identidad
más profunda: Cristo en nosotros. Así la fe es una fuerza de paz y
reconciliación en el mundo: la lejanía ha sido superada, estamos unidos en el
Señor (cf. Ef 2, 13).
Esta naturaleza íntima del Bautismo, como don de una nueva identidad, está
representada por la Iglesia en el Sacramento a través de elementos sensibles. El
elemento fundamental del Bautismo es el agua; junto a ella está, en segundo
lugar, la luz que, en la Liturgia de la Vigilia Pascual, destaca con gran
eficacia. Echemos solamente una mirada a estos dos elementos. En el último
capítulo de la Carta a los Hebreos se encuentra una afirmación sobre
Cristo, en la que el agua no aparece directamente, pero que, por su relación con
el Antiguo Testamento, deja sin embargo traslucir el misterio del agua y su
sentido simbólico. Allí se lee: “El Dios de la paz, hizo subir de entre los
muertos al gran pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la
sangre de la alianza eterna” (cf. 13, 20). En esta frase resuena una palabra del Libro de Isaías, en la que Moisés es calificado como el pastor que el
Señor ha hecho salir del agua, del mar (cf. 63, 11). Jesús aparece como el nuevo
y definitivo Pastor que lleva a cabo lo que Moisés hizo: nos saca de las aguas
letales del mar, de las aguas de la muerte. En este contexto podemos recordar
que Moisés fue colocado por su madre en una cesta en el Nilo. Luego, por
providencia divina, fue sacado de las aguas, llevado de la muerte a la vida, y
así –salvado él mismo de las aguas de la muerte– pudo conducir a los demás
haciéndolos pasar a través del mar de la muerte. Jesús ha descendido por
nosotros a las aguas oscuras de la muerte. Pero en virtud de su sangre, nos dice
la Carta a los Hebreos, ha sido arrancado de la muerte: su amor se ha
unido al del Padre y así desde la profundidad de la muerte ha podido subir a la
vida. Ahora nos eleva de la muerte a la vida verdadera. Sí, esto es lo que
ocurre en el Bautismo: Él nos atrae hacía sí, nos atrae a la vida verdadera. Nos
conduce por el mar de la historia a menudo tan oscuro, en cuyas confusiones y
peligros corremos el riesgo de hundirnos frecuentemente. En el Bautismo nos toma
como de la mano, nos conduce por el camino que atraviesa el Mar Rojo de este
tiempo y nos introduce en la vida eterna, en aquella verdadera y justa.
¡Apretemos su mano! Pase lo que pase, ¡no soltemos su mano! De este modo
caminamos sobre la senda que conduce a la vida.
En segundo lugar está el símbolo de la luz y del fuego. Gregorio de Tours narra
la costumbre, que se ha mantenido durante mucho tiempo en ciertas partes, de
encender el fuego para la celebración de la Vigilia Pascual directamente con el
sol a través de un cristal: se recibía, por así decir, la luz y el fuego
nuevamente del cielo para encender luego todas las luces y fuegos del año. Esto
es un símbolo de lo que celebramos en la Vigilia Pascual. Con la radicalidad de
su amor, en el que el corazón de Dios y el corazón del hombre se han entrelazado,
Jesucristo ha tomado verdaderamente la luz del cielo y la ha traído a la tierra
–la luz de la verdad y el fuego del amor que transforma el ser del hombre. Él ha
traído la luz, y ahora sabemos quién es Dios y cómo es Dios. Así también sabemos
cómo están las cosas respecto al hombre; qué somos y para qué existimos. Ser
bautizados significa que el fuego de esta luz ha penetrado hasta lo más íntimo
de nosotros mismos. Por esto, en la Iglesia antigua se llamaba también al
Bautismo el Sacramento de la iluminación: la luz de Dios entra en nosotros; así
nos convertimos nosotros mismos en hijos de la luz. No queremos dejar que se
apague esta luz de la verdad que nos indica el camino. Queremos preservarla de
todas las fuerzas que pretenden extinguirla para arrojarnos en la oscuridad
sobre Dios y sobre nosotros mismos. La oscuridad, de vez en cuando, puede
parecer cómoda. Puedo esconderme y pasar mi vida durmiendo. Pero nosotros no
hemos sido llamados a las tinieblas, sino a la luz. En las promesas bautismales
encendemos, por así decir, nuevamente, año tras año esta luz: sí, creo que el
mundo y mi vida no provienen del azar, sino de la Razón eterna y del Amor
eterno; han sido creados por Dios omnipotente. Sí, creo que en Jesucristo, en su
encarnación, en su cruz y resurrección se ha manifestado el Rostro de Dios; que
en Él Dios está presente entre nosotros, nos une y nos conduce hacia nuestra
meta, hacia el Amor eterno. Sí, creo que el Espíritu Santo nos da la Palabra
verdadera e ilumina nuestro corazón; creo que en la comunión de la Iglesia nos
convertimos todos en un solo Cuerpo con el Señor y así caminamos hacia la
resurrección y la vida eterna. El Señor nos ha dado la luz de la verdad. Esta
luz es también al mismo tiempo fuego, fuerza de Dios, una fuerza que no destruye,
sino que quiere transformar nuestros corazones, para que nosotros seamos
realmente hombres de Dios y para que su paz actúe en este mundo.
En la Iglesia antigua existía la costumbre de que el Obispo o el sacerdote
después de la homilía exhortara a los creyentes exclamando: “Conversi ad
Dominum” –volveos ahora hacia el Señor. Eso significaba ante todo que ellos
se volvían hacia el Este –en la dirección del sol naciente como señal del
retorno de Cristo, a cuyo encuentro vamos en la celebración de la Eucaristía.
Donde, por alguna razón, eso no era posible, dirigían su mirada a la imagen de
Cristo en el ábside o a la Cruz, para orientarse interiormente hacia el Señor.
Porque, en definitiva, se trataba de este hecho interior: de la conversio,
de dirigir nuestra alma hacia Jesucristo y, de ese modo, hacia el Dios viviente,
hacia la luz verdadera. A esto se unía también otra exclamación que aún hoy,
antes del Canon, se dirige a la comunidad creyente: “Sursum corda” –levantemos
el corazón, fuera de la maraña de todas nuestras preocupaciones, de nuestros
deseos, de nuestras angustias, de nuestra distracción– levantad vuestros
corazones, vuestra interioridad. Con ambas exclamaciones se nos exhorta de
alguna manera a renovar nuestro Bautismo: Conversi ad Dominum –siempre
debemos apartarnos de los caminos equivocados, en los que tan a menudo nos
movemos con nuestro pensamiento y obras. Siempre tenemos que dirigirnos a Él,
que es el Camino, la Verdad y la Vida. Siempre hemos de ser “convertidos”,
dirigir toda la vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea
sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, y levantarlo
interiormente hacia lo alto: en la verdad y el amor. En esta hora damos gracias
al Señor, porque en virtud de la fuerza de su palabra y de los santos
Sacramentos nos indica el itinerario justo y atrae hacia lo alto nuestro corazón.
Y lo pedimos así: Sí, Señor, haz que nos convirtamos en personas pascuales,
hombres y mujeres de la luz, colmados del fuego de tu amor. Amén.
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