A Su Santidad Juan Pablo II
en el vigesimoquinto aniversario de su pontificado
Juan Pablo
II demuestra una estima por lo humano que muy raramente se encuentra
en otras personalidades de nuestros tiempos
que, aun teniendo
en sus manos un gran poder, no se sienten sin embargo satisfechos de
lo que tienen; su inteligencia y su voluntad de lo humano se ven de
hecho quemadas por el poder que parece colmar y satisfacer su búsqueda.
A Juan Pablo II no le ocurre esto: para él el Cristianismo define
la condición humana como camino hacia el cumplimiento de la felicidad
del hombre y expresa el señorío del hombre sobre las
cosas.
Siguiendo el recorrido del Papa en estos veinticinco años, lo
que destaca con mayor fuerza es que el Cristianismo tiende verdaderamente
a realizar lo humano. Todos sus viajes, como una larga marcha hacia la
muerte, han tenido su razón de ser en la evidente unidad que corresponde
al genio del Cristianismo: «Gloria Dei vivens homo». La gloria
de Dios es el hombre que vive... en la verdad de la luz que es Dios presente
en la historia de la humanidad. El hombre que vive, tal como atestigua
el Papa, encuentra su racionalidad en la identificación del Cristianismo
con lo humano: ¡es el hombre realizado! La Virgen es la primera
de esa estirpe de humanidad plena, lo cual explica el afecto de Juan
Pablo II por María de Nazaret.
La importancia de este Papa consiste en que durante un cuarto de siglo
ha hablado de Cristianismo y, por ello, ha entrado en polémica
con toda la cultura que se ha forjado a partir del siglo XVIII, de manera
particular, la que se fundamenta en la Revolución Francesa. En
tiempos de derrotas como los actuales, ha hablado del Cristianismo como
victoria, sobre la muerte, sobre el mal, sobre la infelicidad y la nada
que acecha en cada susurro humano, y lo ha hecho mostrando que la fe
cristiana se apoya en una racionalidad bien motivada. Ante el derrumbe
del mundo producido por las ideologías, ha dado una explicación
de la fe plena de evidencias racionalmente persuasivas. Su fe se ha documentado
con razones límpidas, de modo que el entusiasmo de muchos, de
los millones de personas que le han escuchado, no encuentra ningún
pretexto en temas en los cuales se pueda disentir para mermar la admiración
hacia él.
Y así, su humanidad físicamente herida ha triunfado siempre
por sus afirmaciones positivas y por la fuerza de su llamamiento.
Santidad, le deseo que pueda vivir lo más posible, para continuar
siendo testigo coherente de esta forma suprema de desafío que
usted, por amor a Cristo, representa para el mundo entero. Pues cuanto
más se oiga y se escuche esta palabra, Cristo, más demostrará su
capacidad persuasiva.
El Cristianismo de Juan Pablo II refleja toda la esencia secular del
mensaje cristiano, esto es, una identidad entre lo humano y la fe cristiana. «Cada
cual concibe confusamente un bien en el cual el alma se complace y lo
desea; por eso, todos luchan por alcanzarlo» (Purgatorio,
XVII). Dante da una perfecta definición de lo que es una existencia racional.
Y el signo preclaro de esta humanidad, de esta identidad entre humanidad
y fe cristiana, el signo más completo y conocido por todos, que
ninguna distorsión u olvido han podido borrar del corazón
del hombre, es el matrimonio.
En efecto, en el mensaje del Papa la mujer para el hombre y el hombre
para la mujer son el aspecto visual, visible del triunfo de la flor
que «germinó» como
escribe Dante en su Himno a la Virgen: la identidad entre
humanidad y fe. La belleza y la capacidad de bondad que encierra esa
unidad se revela
en el gesto sacramental que más valora lo humano, el matrimonio,
y se ilustra en los discursos de Juan Pablo II.
El amor es el valor más grande que tiene el hombre y por tanto
la relación entre el hombre y la mujer es la fórmula representativa
del ideal. El Papa porta este ideal, puesto que el hombre vive sólo
en el amor, en un amor verdadero. Lo humano se hace verdadero en el amor,
de tal manera que resulta difícil asentir a lo que el poeta español
Juan Ramón Jiménez escribe: «Es verdad ya. Mas fue
/ tan mentira, que sigue / siendo imposible siempre».
Según el pensamiento de Juan Pablo II, lo humano se realiza en
un amor real, que no teme desesperación alguna, ese amor que
Dante canta en su Vida Nueva: «Amor, cuando me encuentra cerca de vos,
/ adquiere audacia y tal seguridad / ...que me torno en otra figura».
Es interesante notar que, al igual que Dante, la mirada que el Papa tiene
sobre el amor humano es consciente de esa aproximación al Ideal
que caracteriza todo momento humano. Por ello, en su vida terrena, el
hombre es como una parte de sí mismo en espera, pero esto nunca
le impide el reconocimiento apasionado de que la naturaleza (¿o
el Creador?) vive para un entendimiento ideal, como evocan de nuevo
los versos de la Vida Nueva: «[Hay] un espíritu suave lleno
de amor, que al alma va diciéndole: Suspira».
Gracias, Santidad
Luigi Giussani