| La Thuile, 7 de septiembre de 2003 |
La verdad, la belleza, el gusto por la vida y el amor, la capacidad
de amor que el cristianismo ha realizado en el mundo – ¡en
nuestro mundo! – , es el fruto del seno de la Virgen; fruto innegable
y constatado cotidianamente. ¡Ojalá esto se concrete incluso
en satisfacción,
verdad luminosa y gusto de servir a esta bondad de la vida que no tiene
comparación posible ni precedentes! Mejor dicho, que sólo
tiene un precedente: Cristo, Dios que se hizo hombre en el seno de la Virgen.
Os ruego por tanto que entréis incluso en el aspecto último
de vuestra fatiga por pertenecer a Cristo y a la Iglesia, es decir, que
prestéis atención a la objetividad de la verdad y la belleza,
de lo nuevo y lo amoroso, que siempre acompaña a la presencia del
cristiano en el mundo. Si el hombre cristiano se adhiere a su fe aunque
sea mínimamente, porta realmente esta novedad. Vosotros estáis
en condiciones más privilegiadas aún porque habéis
sido llamados, llamados a aportar la contribución de vuestra buena
voluntad como ayuda para vuestros compañeros y amigos.
Cuidad por tanto, concretamente, que vuestra alma tienda a crear una atención,
que todo vuestro ser tienda a crear una atención de estima, una
atención de afecto y una capacidad de fidelidad a las dos condiciones
que, a mi juicio, califican el beneficio de abandonarnos a nuestra compañía.
Lo cual tiene la oportunidad de renovarse en una ocasión como la
de este encuentro.
La primera condición que la verdad y la belleza de lo que decimos
y el amor que nos apremia hasta el horizonte último exigen, es que
se respete la unidad. Esa unidad entre nosotros donde se afirma la autoridad,
es decir, el poder distinto que ha entrado en el mundo con Cristo, y por
tanto con su Madre, la Virgen María: la unidad con quien guía.
Que cada uno de vosotros – hablando – sienta este peso, dulce
pondus, el dulce peso de una autoridad jamás imaginada antes.
En segundo lugar, que esta unidad corrobore y disponga el amor fraterno
a perdonar cualquier error que suframos, a escuchar cualquier sugerencia
que todavía pueda venir de la angustia o la incertidumbre de otros.
De tal manera que fraternidad, perdón y escucha entren a formar
parte del clima propio de una compañía que se reúne
por Cristo.
Os deseo que comprendáis lo que os he dicho porque de ahí me
viene una gran paz en el corazón que deseo también para vosotros.
Adiós!
|