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El
destino de toda vida humana encuentra en la Virgen su comienzo y
su cumplimiento: el ofrecimiento.
Comienzo, porque la Virgen vivía con la conciencia que Cristo
tenía del mundo.
Cumplimiento, porque ofrecer a Dios lo que hacemos es el dolor de la
existencia. Ofrecer al Misterio de Dios todo nuestro ser, todo lo que
parece brotar de la nada. Lo que todos los días para nosotros
sería un límite está destinado a ser algo grande
como la mirada de la Virgen. María comprendía que el contenido
de cualquier condición humana desarrolla y realiza el designio
de Otro: no el designio de nuestro corazón, sino el del corazón
de Dios.
Todo lo que Dios crea encierra este Misterio, es decir, participa de
la grandeza y de la belleza de Su mundo sin confines y sin mal.
Por eso todo nace como ser de gracia incluso cuando las circunstancias
son difíciles. Todo nace y florece como una expresión de
la gracia. Por tanto, en la cruz hasta la resurrección de Cristo,
todo se vuelve gracia, es decir, salvación, paz y leticia.
Tendréis que descubrir en todo esta positividad gozosa, porque
entonces, incluso en la fatiga que implica cada paso, afluirá un
torrente de gracia. Ciertamente, el dolor al igual que la vida no os
faltará, pero vuestra existencia será un camino; un camino
que, aunque trabajoso, os llevará a descubrir un bien verdaderamente
grande (cf. Dante a María).
Seguid a quienes honran a Cristo, a los que aman a su Madre.
Ofrecedle, a imitación suya, la verdadera justicia: es este el
camino de la Santidad.
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